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Aprender a vivir con una parálisis braquial: un recorrido por la vida de Ana Monedero

Ana Monedero sufrió un accidente de moto que le provocaría una parálisis braquial en su brazo derecho, que le ha enseñado a vivir con una mano

Álvaro Gutiérrez del Álamo López Álvaro Gutiérrez del Álamo López
04/11/2025 14:00
Publicado en Entrevistas
Aprender a vivir con una parálisis braquial: un recorrido por la vida de Ana Monedero

Ana Monedero y aprender a vivir con una parálisis braquial / Imagen cedida para Tododisca

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Como cada mañana de aquel verano de 2020, Ana salió de casa rumbo al supermercado donde trabajaba en Murcia, donde reside. Era siete de julio. El trayecto, que no es especialmente largo, lo hizo en moto, a pesar de que su madre le rogase que lo hiciera en coche. La joven, sin embargo, optó por el vehículo de dos ruedas debido a la facilidad para aparcar, ya que es una zona que presenta una gran afluencia de personas en los meses de verano al estar a pie de playa. En una línea recta, un coche se saltó una de las señales que le obligaban a ceder el paso y otorgar prioridad al resto de conductores y acabó arrollando a la motorista, protagonista de esta historia, que trató de esquivarlo, pero ya era demasiado tarde y cayó al suelo como consecuencia del impacto. Su vida acababa de cambiar en ese preciso instante.

Ana Monedero tiene 24 años, cumplidos el pasado mes de agosto. Pero realmente ha nacido dos veces desde el 7 de julio de 2020, una fecha que tiene tatuada en forma de cicatriz para siempre. A nivel académico, ostenta una Formación Profesional como entrenadora personal, que se tuvo que conformar con obtener el título de forma online «porque cuando quedaban cuatro días» para matricularse en el Grado de deporte «me dieron que no, que no me lo podía sacar» por tener una discapacidad, lamenta en declaraciones a Tododisca. También es dietista, aunque su foco principal está puesto en la actividad física, que es una de sus grandes aficiones «y lo que quería de verdad«. En esta línea, Ana vive con su madre, Carolina, y tiene un hermano que no reside en España; igualmente, si algo tuviese hubiese que resaltar de sus gustos y hobbies, a día de hoy, las motos siguen ocupando un espacio importante dentro de la protagonista de esta historia, «por muy chocante que pueda ser«.

La parálisis braquial de Ana, por un accidente de moto / Imagen cedida para Tododisca

Por razones físicas, Ana no puede conducir una moto, pero sí va de «paquete» -persona que ocupa el asiento trasero- en muchas ocasiones. El miedo no se le ha borrado desde que sufrió el accidente, en parte, porque ella misma afina que «la moto no tuvo la culpa» de aquel impacto, aunque reconoce que «hay mucha gente que no lo acepta». Ese carácter ‘motero’ siempre ha estado presente en la vida de esta joven murciana, incluso su pareja, Edu, tiene uno de estos vehículos de dos ruedas y en cierta parte le ha servido para afrontar su nueva realidad y eliminar la sensación de miedo respecto a las motos: «Sino, sería otra cosa que afrontar«, explica Ana. Tiempo después de la caída, esta joven deportista pasó un largo periodo de tiempo en ingreso hospitalario, medicada para paliar la intensísima sensación de dolor que tenía permanentemente, pero sin un diagnóstico definido, hasta que por fin escuchó aquellas palabras que pusieron nombre y apellido a la inmovilidad de su brazo derecho: parálisis braquial como consecuencia del plexo braquial.

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«Las motos siguen siendo una de mis grandes aficiones a día de hoy, por muy chocante que pueda ser; sino, sería otra cosa y otro miedo que afrontar».

7 de julio de 2020

Era época de coronavirus, recuerda, por lo que «lo primero que salió, me metí» a trabajar, indica Ana. El objetivo de aquel desempeño en un supermercado de Murcia no era otro sino adquirir algunos ahorros con los que ir financiando asuntos de su vida, a pesar de la juventud de la que hace gala. Tenía dieciocho años; cumplió los diecinueve el 31 de agosto. Aquel martes de verano de 2020, esta joven lo llevará siempre cicatrizado en la piel, como también tiene grabada en la mente las declaraciones de su madre antes de salir de casa: «Pero vete en el coche«, le instó, a lo que su hija, sin la mínima posibilidad de augurar el fatal desenlace respondió que «mejor me voy en moto, que aparco mejor» debido a que es una zona de playa y las zonas de aparcamiento no suelen estar disponibles. El trayecto es una línea recta con varios pasos de peatones seguidos y donde la gente tiene licitación para cruzar, aunque sea sin mirar a sendos lados de la carretera. Ana, que conoce de sobra el camino, miró el cuenta kilómetros de su moto y redujo velocidad. Eran las nueve de la mañana.

Volvió a poner la mirada en la carretera, pero sin tiempo suficiente de esquivar el coche que se había saltado una señal de STOP y había invadido el carril por el que circulaba Ana. Frenó como pudo y como la situación le permitió, sin topar con ruido del claxon para avisar al otro conductor de su presencia, pasando meticulosamente por un pequeño hueco que se creó entre una hilera de coches aparcados y el morro del vehículo infractor, que no vio a Ana y esta no le pudo pitar. Cuando parecía que todo iba a quedar en un pequeño -gran- susto, la parte delantera del coche tocó el «último trozo de moto, que es la cola» de Ana, que recuerda un tambaleo agarrada al manillar, donde todo se le tornó de color negro: «Lo siguiente que recuerdo es estar bocabajo, pero no sé cuanto tiempo; arrastré o volé«. No logra rememorar con exactitud si esta acción fue por tierra o por aire, pero las hipótesis permiten revelar que fue, precisamente por una de ellas, la consecuencia de su parálisis braquial que presenta a día de hoy que sufrió cuando iba a trabajar y que le tiene reconocido un 50% de grado de discapacidad.

El casco, imprescindible en el accidente de moto de Ana / Imagen cedida para Tododisca

«Al intentar levantarme para sentarme me di cuenta que no sentía el brazo derecho«, detalla. En un momento de valentía, coraje y fortaleza, con cierto desconocimiento y víctima de la adrenalina del momento, Ana sacó fuerzas para coger su brazo y «me lo coloqué en la barriga pensando que me había luxado el hombro«. Pero no. Con los equipos de emergencia desplazados hasta el lugar del siniestro presentes, la joven revela que únicamente quería ver a sus padres para trasladarles que «no estaba tan mal«, a pesar de que la realidad iba a dictar una sentencia bien distinta a aquella sensación y que, sin saberlo, la vida de Ana ya había cambiado para siempre. Sólo faltaba confirmarlo. Retiene ciertos flashes en la ambulancia que le trasladó al hospital, como el momento en que solicitó a los enfermeros que la durmieran; también recuerda la frase que le dijo una chica que paseaba por la playa en ese momento: «no te preocupes»; igualmente, hace referencia a una herida que sufrió -casi- en la boca, motivada por un desplazamiento del casco, accesorio que le salvó la vida o, al menos, de una consecuencia más grave. Al echar la vista atrás, Ana no se arrepiente de haber tenido su «niña» -su propia moto, como ella la llama- porque «cumplí mi mayor sueño, aunque se me acabó pronto; esa sensación de estar viviendo mi sueño y rompiendo esquemas de la sociedad jamás la volveré a sentir«, relata.

«Es el día en el que renací porque recuerdo ver un coche cruzado en mi carril y lo único que quería era esquivarlo e intentar salvarnos de un accidente, pero no fue así. Me desperté bocabajo en medio de la carretera».

Parálisis braquial

Del accidente, Ana expone que lo que «más me preocupaba era que no podía respirar«, y el casco tampoco le facilitaba el poder hacerlo. A pesar de la dificultad, iba encontrando el mecanismo para coger y soltar aire paulatinamente, lo que le permitía deducir que estaba consciente y mantener la calma dentro de los límites que demandaba la situación. Precisamente, esa tranquilidad «no la podría haber tenido sino hubiera estudiado un mes antes primeros auxilios» detalla. Sin embargo, la serenidad iba a derivar en tempestad cuando se bajó de la ambulancia, entró por la puerta del hospital y vio la cara de Carolina, su madre: ahí fue cuando realmente pensó que «algo gordo ha pasado«, aunque faltarían todavía muchos noches en vela por el «mayor dolor que el ser humano pueda soportar», intervenciones quirúrgicas y muchas dudas por resolver para determinar el alcance exacto de la lesión. La primera valoración, no obstante, sí descifró que Ana presentaba «un neumotórax en el pulmón derecho, las dos rodillas en carne viva, heridas en la cara y el brazo derecho que no se movía«.

Finalmente, llegó el diagnóstico de Ana: monoplejia en miembro superior derecho. Habían pasado dos meses desde el accidente. Ella no tenía ninguna herida de gravedad ni se había roto hueso alguno, pero un traumatólogo especializado en estos casos dio con la tecla y le detectó un arrancamiento del plexo braquial, que es «una ramificación que luego se divide en cinco nervios pero hasta después de la operación no supimos cuanto de afectados estaban», explica. La intervención quirúrgica, en Alicante, a Ana la desmontó y admite que se hundió «en lo más profundo» al escuchar las palabras del cirujano, que las recuerda: «Tendré que partirte la clavícula para acceder al plexo, te quitaré nervio de las piernas y la apertura es desde detrás de la rodilla hasta el tobillo y aun así no sabemos si volverás a mover la mano». Tenía 19 años. Entró en quirófano y salió con cicatrices en hombro y gemelo, con nervios de la pierna en el brazo y con la incertidumbre de si su mano dominante iba a volver a ser funcional. Lloró, se hizo fuerte y entendió que la vida no se escoge, sino que se acepta, mientras tenía el brazo en cabestrillo.

La vida de Ana con parálisis braquial / Imagen cedida para Tododisca

Así pasó dos semanas de hospital, «sin poder moverme y con medicamentos cada dos horas», contando los días -y las horas. para recibir el alta médica y poder regresar a su hogar. El amanecer se le juntaba con la puesta de sol, pero su postura apenas cambiaba; vivía encerrada en esas cuatro paredes. Hasta que, por fin, llegó el gran momento y el médico encargado de darle de alta hizo acto de presencia en su habitación: «Échame de aquí ya por favor, quiero irme a casa”, le dijo Ana, bromea. El facultativo aceptó y ahí comenzó el regreso a casa, a su cama y a estar rodeada de nuevo de su entorno más cercano, en que, por supuesto, incluye a sus amigas: «Con moratón en brazo, cara hinchada, despeinada, muy cansada y un dolor de brazo importante pero muy feliz«. Todo era igual pero todo había cambiado. La vida de Ana seguía con las mismas personas pero ella tenía que adaptarse a vivir de otra manera. El tiempo le ha enseñado a ir «normalizando la vida a una mano» y a escuchar a Carolina, «la persona más positiva que te puedes echar a la cara». Pero para llegar a esta etapa, ha tenido que hacer frente a la salud física y a la mental, sobreponiéndose a un cuadro de depresión que la psicóloga afirmó que ya había superado.

«Cada día tengo que salir con una coraza sabiendo que me van a venir golpes de ‘a ti qué te pasa’, porque mi discapacidad no es visible para los ojos; he sufrido el mayor dolor que el ser humano pueda soportar».

Una vida de adaptación

Ana sufrió el accidente que le derivó en una parálisis braquial con dieciocho años, el mismo tiempo que llevaba su mano derecha siendo su mano dominante. Ha tenido que aprender, adaptarse y esforzarse; también valorar lo que tiene a su alrededor y demostrar que las barreras están para romperlas. Y para saber que Ana es de esas personas que ‘pide perdón antes que permiso‘, basta con charlar con ella durante un pequeño espacio de tiempo y conocer que su vida ‘empezó‘ otra vez hace cinco años y no la va a desaprovechar lo mas mínimo. Sin embargo, el golpe de realidad fue notable y reconoce que «al principio fue muy duro«, a pesar de que ya lo tenga interiorizado como una parte más de su personalidad. Su cerebro no entraba en razón y durante los primeros meses enviaba la orden «para coger algo» al brazo derecho, que «no se movía ni un milímetro»; esta joven murciana tuvo que «redireccionar todo al lado izquierdo, hasta lavarme los dientes». No es sencillo hacerlo, por mecánico que parezca. También darle vueltas al café. O escribir. Acciones tan básicas como fundamentales.

El proceso de aceptación no ha sido un camino de rosas. Carolina, la madre de Ana, es personal sanitario, algo que ha ayudado notablemente a llevar esta lesión de la mejor manera posible en la que no le prometieron si podía o no recuperar la movilidad de la mano. No fue así. A día de hoy, y echando la vista atrás, la joven está orgullosa del trayecto que ha recorrido, pero admite los llantos, los lamentos y las frustraciones; ese ‘¿por qué yo?’ sin respuesta alguna, acompañado de once pastillas diarias para paliar la terrible sensación de dolor. Aun así, Ana ha sabido encontrar algunos trucos para facilitarse la vida, al menos en aquellos momentos, y salir adelante siempre con la alegría que le caracteriza: comenzó a vestir con ropa más ancha, que le permitía una mayor comodidad a la hora de vestirse, esquivó los normales «rifirrafes» con su familia y confió en profesionales para cuidar de su salud mental, que estaba igual o más dañada que la física: «Por favor, ayúdame, no puedo más«, le dijo valiente a su psicóloga. Gracias a esas sesiones, Ana volvió a recuperar la sonrisa que la vida le había borrado y aprendió a controlar la situación.

Proceso de aceptación de la nueva vida de Ana / Imagen cedida para Tododisca

También ha desarrollado una pasmosa habilidad para atarse los cordones de los zapatos, abrir un bote para cocinar o, incluso, hacerse una coleta, que es uno de los vídeos con más visualizaciones en sus redes sociales, donde muestra cómo es convivir y adaptarse a una parálisis braquial que te permite tener sólo una mano funcional. «O te buscas las mañanas o eres una persona dependiente al cien por cien; yo me busqué las mañas en todo lo que puedo», expone Ana. Prueba del coraje y de la fuerza de voluntad que definen a esta mujer de 24 años, hoy ya vuelve a conducir su propio coche, que le permite ser totalmente independiente y evitar tener que rogar a Carolina que le lleve a cualquier lugar: «Ahora, por lo menos, puedo ir a terapia yo sola«, bromea. Así mismo, antes del accidente, Ana era entrenadora personal, bailaba -algo que no termina de aceptar que ahora no pueda hacerlo- y tenía un grupo de niñas bajo su tutela deportiva; ahora, confiesa que es la misma persona, «aunque haciendo cosas diferentes» e ir a rehabilitación todos los días. El testimonio de Ana no deja atrás la felicidad de, precisamente, saber que lo puede estar contando.

«Al principio fue muy duro, pero si sigo aquí es porque tengo otra oportunidad para poder hacer lo que me gusta, dedicar mi tiempo a lo que de verdad importa y conocer a gente nueva que me haga ver la vida de otra forma».

¿Inclusión real?

Observada. Criticada, Centro de atención de todas las miradas. Así se ha sentido Ana en numerosas ocasiones desde que presenta esta discapacidad bajo el nombre de parálisis braquial. Es un sentimiento que se puede hacer extensible a todo el colectivo de la discapacidad, lo que permite deducir que todavía existe un largo camino por recorrer a nivel social para lograr una inclusión, concienciación y sensibilidad real. Pero a esta joven «esto no me frena; no tengo reparo en contar qué me ha pasado«, expone con total naturalidad; no rehúye la conversación, ni mucho menos. Así lo expone en sus redes sociales, donde comparte vídeos enseñando su día a día y sufre comentarios que buscan dañar su persona, aunque el efecto es completamente nulo debido a la franqueza y madurez que la vida ha otorgado a Ana, aunque haya sido no deseada y de una manera irreparable. «Todo el mundo debería tener una charla para que entiendan que las personas con discapacidad son personas como tú; somos normales, no tendríamos que decir ni diferente», pone de manifiesto.

El binomio entre inclusión y sociedad debería casar a la perfección. Pero no lo hace, al menos, de momento. Así lo exponen los principales embajadores de este concepto, como son las personas que conforman el colectivo de la discapacidad y dejan en evidencia que todavía no están instalados los términos de concienciación, sensibilidad y, ni mucho menos, normalidad sobre todo lo que rodea a la discapacidad. En este aspecto, Ana aboga por eliminar «el trato diferente» hacia estos individuos, algo que daña y perjudica la imagen del colectivo; también los diminutivos o infantilismos del estilo ‘pobrecita‘ o ‘qué desgraciada, ya así para toda la vida’, como ha tenido que escuchar en diferentes ocasiones. Finalmente, también indica la necesidad de abrir la mente para interiorizar que la discapacidad va más allá de una silla de ruedas, con el objetivo de borrar estigmas y etiquetas y otorgar a cada individuo las necesidades y adaptaciones que requiera de forma individual y particular en función del tipo de lesión: «Es una pelea constante«, reclama.

El deporte como vía de evasión de Ana / Imagen cedida para Tododisca

El consejo de Ana Monedero a personas que estén en una situación similar o parecida a la suya es nítido y revelador de lo bien que le ha venido a ella misma aplicárselo «Ve a un psicólogo y sal de esa cueva» que, para ella, ha sido esta lesión de parálisis braquial en su brazo derecho. También insiste en que «no estás solo, hay muchísima gente» en condiciones parecidas y con las que se puede crear una comunidad para sacar el ánimo y las ganas de disfrutar la vida a flote. En el caso de Ana, el entorno también ha sido una muleta fundamental para mantener el equilibrio erguido y no caer en la tentación de la debilidad, pero sabe que no siempre es así y anima a «buscar cualquier cosa que pueda ayudarte, que sea positiva y te haga salir adelante». Ana acaba de finalizar una lección sobre cómo ha aceptado a la discapacidad en su vida, cómo se ha repuesto a un tremendo golpe de la vida y cómo puede ayudar a quien lo necesite. Tiene solo 24 años y ha nacido dos veces para seguir contándolo.

«Las personas con discapacidad son personas como tú; somos normales, no tendríamos que decir ni diferente. No puedes encerrarte y no seguir tu vida, hay otra vida que, tal vez, tengas que adapta, pero es tu vida y merece seguir viviéndola»

Temas: DiscapacidadesEntrevistaEspaña

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