El autismo es una condición intelectual compleja, cuyo diagnóstico requiere dosis importantes de confianza con el paciente, especialmente si se trata de jóvenes en edades tempranas. Una vez con el nombre y apellido de la discapacidad, se deben fomentar una serie de comportamientos y actitudes acorde a su situación.
No obstante, las familias que conviven con el autismo, en no pocas ocasiones, se ven instadas a reclamar los derechos de las personas con Trastorno de Espectro Autista ante la mirada pasiva de las instituciones; una realidad que, del mismo modo, se extiende a los centros escolares, donde la inclusión no termina de ser real.
En ese caso, los expertos en este tema abogan por incluir el autismo y todas sus consecuencias desde muy temprana edad, siempre que exista un diagnóstico certero. Sin embargo, este trabajo de campo también debe ser extensible al resto de discapacidades, indistintamente de los grados y de de si son notables o de las conocidas ‘invisibles’ de las que el TEA forma parte.
La emoción de la primera invitación
Las redes sociales, de este modo, también se han posicionado como un importante escaparate para mostrar el autismo desde su perspectiva más amplia. El objetivo, por tanto, no es otro que sensibilizar sobre esta discapacidad y normalizar su estancia dentro de la sociedad. Dos verbos que cobran una importancia abismal.
Para ello, lo primero que se debe hacer es actuar en consecuencia y fomentar la participación de las personas autistas en todas las esferas sociales. Ese siempre será el primer paso para lograr la ansiada inclusión. Otra medida es saber escuchar a las personas con discapacidad para dotarles de las adaptaciones y mecanismos que aseguran requerir para su bienestar.
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Y entre esas adaptaciones y mecanismos existe, entre otras ideas, incluir a las personas autistas más jóvenes en los planes de ocio. A través de redes sociales se ha hecho viral la felicidad de un nobel al recibir su primera invitación para la fiesta de cumpleaños, algo que su madre no dudó en compartir: «Se preparó, con esa emoción que no se puede esconder«.
Era la primera vez que alguien había contado con él para ser parte y no para dejar de serlo: «Voy a bailar , mamá«, le trasladó a su familia, aunque al final no fuera así. Pero sí que disfrutó de la fiesta, gozó de la música y, por fin, se sintió parte de un conjunto social que muchas veces le ha dado la espalda. Para su felicidad y para la de su familia.
Incluir sin condiciones
La sociedad y el concepto de inclusión es un binomio que debería ser absolutamente indivisible, pero que todavía se fragmenta en mil pedazos con excesiva facilidad. Por ello, gestos tan simples como una invitación a una fiesta de cumpleaños de niños suponen un gran avance y permiten recobrar la esperanza.
Además, estos niños son realmente recíprocos ene se sentido, por lo que la emoción siempre va a ser compartida. Su madre, mediante las redes, no dudó en exponer este hecho y agradecer la invitación: «Gracias por no suponer, por incluir sin condiciones y por ver al Tomás que pocos se animan a ver»
Y es que, tal vez, «la inclusión también sea eso: dejar que cada uno sea feliz a su manera«, detalla la madre del joven Tomás. Desde luego, su hijo se va a llevar un bonito recuerdo para siempre que le hará pensar en que sí existe gente que valora su persona y su forma de ser, dejando su condición de autismo y discapacidad a un lado.




