En el año 2013, Noelia Olivera era una joven de veinticinco años que disfrutaba de la vida. Sin más. Le gustaba su manera de afrontarla y su papel en la sociedad, gozando de una de sus grandes pasiones: el baloncesto. De hecho, posteriormente, tal es su talento para este deporte que formó parte de la selección de Argentina para competir.
No obstante, en el mes de septiembre de ese mismo años, Olivera descubrió otra forma de vivir la vida. Lo hizo debido a un motivo de fuerza mayor y que ni siquiera le otorgó un mínimo tiempo de reacción ni preparación: un accidente de tráfico le ocasionaría varias fracturas en las vértebras, derivando en una lesión medular.
Los doctores comunicaron a su familia que Noelia no volvería a caminar y que debería pasar el resto de su vida acompañada de una silla de ruedas para desplazarse y ser lo más autónoma posible. Lo aceptó y lo hizo: «Nunca me puse a pensar en lo feo, siempre traté de seguir mi vida«, declara aquella joven deportista que hoy continúa ligada al baloncesto.
La fragilidad y validez de la vida
9 de septiembre de 2013. Esa fue la fecha del accidente de Noelia Olivera que puso su vida a pender de un hilo y el día que anduvo por última vez, sin poder augurar ese final. Desde entonces, el calendario tiene marcado en rojo cada nueve de ese noveno mes del año, recordando «lo frágil que es la vida y de lo valiosa que puede ser cuando la elegimos de verdad«.
Del mismo modo, en esta jornada, Olivera no celebra el accidente, ni mucho menos; celebra «la segunda oportunidad» de vivir que sí le regaló la vida, aunque sea en una silla de ruedas y alejada de la adrenalina de pisar el parqué de las pistas de baloncesto con sus propias suelas del pie. Noelia celebra que sigue viviendo.
Fruto de la discapacidad, esta joven tuvo que reinventarse para no perder el tren de la vida e intentar aprovecharla al máximo posible. Se decantó por el deporte y comenzó en baloncesto adaptado para personas en sillas de ruedas, donde su talento permanecía intacto y recibió la llamada de la selección argentina. Ella goza de una vida plena porque así lo ha querido decidir.
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Así mismo, Noelia también se ha convertido en una ‘embajadora’ de la discapacidad en su país a través de sus publicaciones en redes sociales. Mediante este formato, comparte sus vivencias y experiencias, además de crear un contenido que sensibiliza esta temática: «La silla no define lo que puedo: es la herramienta que me permite vivir mejor«.
Como ella misma indica, «los cuerpos no funcionan en blanco y negro«. Por lo tanto, siguiendo esta idea, «la discapacidad no viene en un único formato» y que «a veces pueda caminar no significa que no necesite una silla de ruedas», destaca esta deportista argentina.
Ser incluido en un mundo que nos pertenece a todos
Debido a la popularidad de la que ya goza, Noelia Olivera también ha ‘aprovechado’ su realidad para divulgar determinados aspectos que mejoren la calidad de vida de las personas con discapacidad. Hace una mención especial a la accesibilidad y a la inclusión del colectivo en todas las áreas sociales: «La inclusión no debería existir porque nadie debería ser incluido en mundo que también nos pertenece».
Del mismo modo, reivindica que «si la accesibilidad fuese una prioridad, la inclusión dejaría de ser un discurso» y que es un proceso complejo alcanzar la autonomía en las personas con discapacidad mientras que la accesibilidad no sea real y efectiva. En definitiva, Olivera habla de «derechos, barreras, vivencias y de esa distancia que todavía existe entre lo que dicen las normativas y lo que pasa en la vida cotidiana«.
Igualmente, insiste en el pensamiento de que «la accesibilidad no es un favor, sino un derecho» que pertenece a todas las personas que presenten algún tipo de discapacidad. Por tanto, en la misma línea, Olivera destaca que «cuando el entorno excluye, el problema no es el cuerpo, sino el sistema«.
Finalmente, Noelia Olivera, jugadora de baloncesto adaptado para personas en silla de ruedas, incide en que «las verdaderas barreras no están en las calles, sino en las cabezas» y anima a comprender que «el cambio empieza cuando entendemos que no hay ‘ellos’ y ‘nosotros’; hay sociedad«.




