Carla Martí Munné es psicóloga, cuyas principales vías de atención son las que están relacionadas con la interseccionalidad, el trauma o el apego, como ella misma indica, a modo de presentación y biografía, en su perfil de redes sociales. No obstante, también anuncia sus servicios para el cuidado de personas con enfermedades o discapacidad.
Una discapacidad como la que ella, precisamente, tiene: «Yo también lo siento en mi propia piel». Carla es una joven con Distrofia Muscular Espinal II, una enfermedad que se caracteriza por una pérdida progresiva de la masa muscular y que invita, cada vez más, al paciente a ser más dependiente debido a ese ‘robo’ de movilidad.
En esta línea, como persona que conforma el colectivo de la discapacidad y como psicóloga con un amplio campo de visión y escucha, Carla Martí denuncia la existencia de un «derecho de admisión» en materias relacionadas con la accesibilidad. De momento, no podemos gritar que somos y nos comportamos como una sociedad inclusiva.
Accesibilidad y derecho de admisión
A través de una publicación en redes sociales, Carla Martí ha querido generar un impacto y debate digital sobre uno de los temas centrales que abarca el colectivo de la discapacidad: la accesibilidad de determinados espacios y como la falta de medidas accesibles impide la entrada de ciertos individuos, desarrollando una cultura donde la equidad de condiciones no existe.
En un ejercicio de conciencia, Martí invita a pensar qué ocurriría si en la puerta de un local e leyera la siguiente frase: «Nos reservamos el derecho de admisión de personas con determinadas corporalidades y/o capacidades». Seguramente, la reacción sería la de llevarse las manos a la cabeza «nos escandalizaríamos«.
La misma situación, esta psicóloga con discapacidad la recrea en otros tantos y cotidianos contextos: «Cuando un edificio tiene escaleras, sin alternativa; cuando un espacio no es ‘del todo’ accesible y se espera que la persona ‘se adapte’; cuando un evento no contempla apoyos; cuando una consulta no adapta sus tiempos». Este escenario «también es derecho de admisión. Solo que sin cartel».

«Consentido«. «Tolerado«. «Justificado«. E «invisibilizado«. Con esos potentes adjetivos define Carla ese ‘encubierto’ derecho de admisión que impide la participación de personas con discapacidad o movilidad reducida en la sociedad. Es una manera de discriminación debido a la falta de accesibilidad.
Martí lo tiene claro: «Es una decisión estructural sobre quién importa lo suficiente como para ser tenido en cuenta». Por ello, insiste que «cuando alguien señala la exclusión, aparece la frase conocida: ‘antes estaba peor‘, ‘algo se ha mejorado‘, ‘deberías estar agradecida‘: «La pregunta no es si se puede hacer accesible. La pregunta es por qué se sigue considerando opcional».
Agradecer, ¿el qué?
«¿Por poder participar a medias?» «¿Por depender de la improvisación?» «¿Por tener que activar sobrecompensación?» «¿Por entrar por la puerta de atrás?» «¿Por generar ansiedad anticipatoria?». Todas esas preguntas, retóricas e irónicas, son las que Carla Martí cita sobre responder ante una situación de ‘agradecer’ ante una supuesta accesibilidad que no existe.
«Que antes fuera peor no convierte lo actual en justo. Que haya pequeños avances no transforma un derecho en un favor», detalla. Al mismo tiempo, precisa que «la accesibilidad no es una concesión progresiva; no se mendiga, no es cortesía, no es un gesto amable«.
La accesibilidad es un derecho y una obligación ética y política. Por tanto, «cuando un derecho depende de la buena voluntad, deja de ser un derecho y se convierte en privilegio«, defiende Carla Martí. Y lo hace en primera persona, atravesando una enfermedad degenerativa, con una discapacidad y como activista de la accesibilidad y de la inclusión.
«Mientras tratemos la accesibilidad como algo opcional, estaremos legitimando un derecho de admisión encubierto», concluye Carla Martí Munné, una psicóloga con discapacidad, un justo alegato sobre la ausencia de accesibilidad en el entorno.




