Cuando Aaron Dimas nació, con el paso de los días, su madre comenzó a darse cuenta de un detalle al que, menos mal, le dio la importancia que creía que tenía: «Mis ojos cambiaban de color con la luz«, desvela este joven, hoy adulto con discapacidad visual. Esa primera señal encendió las alarmas que corroboraron, más tarde, que su hijo iba a ser ciego.
Ante la preocupación de «las cosas extrañas» que Aaron detalla que ocurrían en sus ojos, su familia optó finalmente por llevarle a un oftalmólogo que, a día de hoy, le sigue pasando consulta. Este profesional advirtió de la importancia del diagnóstico, que cayó como un jarro de agua fría: Glaucoma congénito.
«Es una enfermedad que no tiene cura y es degenerativa«, por lo que, de forma progresiva, «iba a estar perdiendo la vista», explica el propio Dimas. Hoy, ya es completamente ciego, aunque también ha sido capaz de desarrollar una importante habilidad para adaptarse a esta nueva forma de vivir, obteniendo un aplaudido reconocimiento.
Proceso de adaptación a una «completa oscuridad»
Desde muy pequeño, desde que la familia de Aaron Dimas conoció la gravedad que reviste ese glaucoma congénito, comenzaron un tratamiento que podía ralentizar el avance de la enfermedad ocular, que consistía en la aplicación de gotas en los ojos y una serie de intervenciones quirúrgicas.
La primera cirugía llegó cuando Dimas apenas era un bebé de un año «nada más»; posteriormente, ha tenido que entrar a quirófano prácticamente en una decena de ocasiones para tratar de mejorar su campo de visión, ralentizar el avance de la enfermedad y evitar que se quedase ciego a una edad tan temprana.
Esa cirugía consiste en la aplicación de un implante ocular, como si de una «válvula» se tratase y que ayuda a la presión de los ojos, sin embargo, «no ayuda a que vea mejor«, lamenta el joven. El tiempo pasó y Aaron comenzó a ir perdiendo progresivamente la vista, un problema que primero se acentuó en el ojo derecho: «Fue un golpe muy duro que me limitó mucho a la hora de estudiar».
Se tuvo que adaptar, obligatoriamente, a vivir sin la visión normal de una persona, cuya presión ocular oscila alrededor de unos valores entre 10 y 15: «La mía estaba en 45, muy elevada«, explica Aaron, como paso previo a ser un joven ciego. Esa realidad se evidenció tras una operación exitosa, pero cuya recuperación fue terriblemente cruel.
«Completa oscuridad«. Con esa expresión define Dimas su campo de visión, que es completamente nulo y le hace ser dependiente para determinadas acciones o tareas, a pesar de la autonomía que ha logrado desarrollar. En cualquier caso, defiende que «la discapacidad no es incapacidad«.
Un joven ciego con voluntad de ayudar
«Con mi dolor y experiencia quiero ayudar a otros», expresa Aaron Dimas, fruto de la bondad que le caracteriza y que muestra en redes sociales. Precisamente, en estos espacios genera contenido en el que explica cómo fue el proceso de pérdida de visión antes quedarse ciego y cómo es vivir con esta condición: «Un día perdí la vista. Y ese día empezó a cambiar mi forma de ver la vida«.
Su testimonio recoge todas las veces que «me rompí y seguí adelante pese a la dificultad«, apoyado en un inquebrantable espíritu de superación personal y rodeado de su familia, que ha sido en este batalla frente a ese glaucoma congénito que le robó la vista progresivamente.
Aaron echa de menos su vida de antes, en la que podía ver determinadas cosas y cumplir con algunas funciones, algunas de ellas han sido sus grandes pasiones, como los videojuegos. También extraña la fotografía, una de las acciones que más disfrutaba y que ahora tanto anhela, especialmente en el atardecer.
Finalmente, echa mucho de menos poder nadar libremente en ríos y mares por miedo a no saber donde la deriva o la corriente le puede llevar. Aunque, de este modo, Aaron Dimas afirma que echa realmente de menos «la sonrisa de mis seres queridos«, haciendo un ejercicio de memoria en su mente para recordar cual y como era la de cada uno de ellos.




