Cuando Ángela apenas había soplado las velas por sexta vez, una sepsis por la bacteria del meningococo hizo acto de presencia, obligándole a despedirse para siempre de sus dos piernas. Su vida cambió para siempre, pero ella se convirtió en un símbolo «de fortaleza, adaptación y esperanza», como explica su familia. Tal vez fruto de la inocencia característica de los niños o por mero desconocimiento de la gravedad, esta pequeña ‘guerrera’ ha afrontado la pérdida de sus piernas «con una valentía admirable». De hecho, en esta línea, gracias a su espíritu alegre, el apoyo de su entorno y una enorme determinación, «hoy es una niña activa, curiosa y llena de sueños».
A día de hoy y por motivos de fuerza mayor, con el objetivo de desplazarse y ser lo más autónoma e independiente posible en su día a día, la pequeña Ángela hace uso de una prótesis en cada pierna, simulando a las que tuvo hasta los seis añitos, y de una silla de ruedas, «que ya considera parte de su identidad, y no deja que nada limite sus ganas de descubrir el mundo», explica Diana, su madre. La vida golpeó con fuerza a esta familia, que encontró en la adversidad una oportunidad y en la debilidad una fortaleza para lograr salir adelante, guiados siempre con el espíritu alentador de Ángela, cuya historia es digna de admirar y sirve como ejemplo para sensibilizar, concienciar y normalizar la discapacidad como una condición más de nuestra sociedad.
Sepsis por meningococo
Hoy, Ángela tiene ocho años y puede contar «la historia de lo que me pasó». No todos tienen la oportunidad tras infectar con la bacteria del meningococo; ella, sí. Como consecuencia de esta infección sufrió la amputación bilateral de sus dos pineras, con una severa afectación a los tejidos de los brazos, quedando dañados. Ha resistido y le ha ganado la batalla a este importantísimo enemigo, que es una enfermedad rápidamente progresiva y que puede derivar en un fallo multiorgánico en un breve periodo de tiempo y sin espacio de reacción para intentar salvar la vida del paciente. En este caso, la pequeña Ángela logró esquivar el peor de las desenlaces, a pesar de las notables secuelas físicas. «Me amputaron los dedos el día de mi cumpleaños; al día siguiente, las piernas», expone y lamenta la joven paciente.
Igualmente, la mortalidad de la sepsis por meningocococo oscila entre el 20% y el 50% y la amputación tras una septicemia de este calibre suele ser múltiple. Como consecuencia de la gravedad de esta enfermedad, Ángela ingresó en el Hospital de La Paz, en Madrid, en enero de 2023 para tratar su infección, la pérdida de sus piernas y la afectación a los tejidos de los brazos, que quedaron gravemente dañados y con una muy escasa movilidad. Por tanto, la rehabilitación de las extremidades superiores ha sido un factor fundamental para recuperar la fuerza y el movimiento, aunque el camino esté siendo duro y requiera de una gran dosis de disciplina y fuerza de voluntad para seguir progresando.
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Una -maldita- bacteria cambió por completo la vida de Ángela con apenas seis años de edad. Pero ha sabido transformar su historia en un hilo «de esperanza, de resiliencia y de esas alas invisibles que todos tenemos, incluso cuando parece que no podemos levantarnos», explica a través de las redes sociales. Del mismo modo, el apoyo de su entorno familiar también ha sido un factor fundamental para seguir mirando adelante y convertirse en la persona que es adía de hoy, a pesar de la gran bofetada que la vida le asoló siendo una niña -más niña todavía de lo que es a día de hoy-: «Una niña activa, curiosa y llena de sueños«.
Resiliencia y amor propio
«La meningitis puede aparecer de forma repentina, pero también puede prevenirse con la vacunación«, detalla la familia a través de las redes sociales, un espacio generado para generar sensibilidad y conciencia sobre la discapacidad de Ángela, pero también sobre la importancia de vacunar a los menores a tiempo para tratar de reducir al máximo posible el riesgo de contraer esta temible bacteria. Por tanto, el infortunio se cruzó en la vida de esta familia, arrebatándole a Ángela sus dos pineras y debilitando notablemente la movilidad de sus brazos; aun así, esta historia «no solo muestra la realidad de la discapacidad infantil, sino también la importancia de la resiliencia, la inclusión y el amor propio desde la infancia«, exponen.

Precisamente, la pequeña Ángela –pequeña de edad; enorme de sensibilidad y madurez– ha lidiado con el concepto de inclusión y de accesibilidad desde edades bien tempranas, mostrando la realidad más amarga de la vida y sufriendo los efectos de una sepsis por meningococo. Sin escrúpulos ni medias tintas. Esta joven paciente y su familia pueden gritar que «no se necesita tanto» para ser feliz y valorar las pequeñas cosas, sino que basta «solo reconocer que incluso con lo difícil, hay momentos que saben a vida». Y la vida, a Ángela, le ha dado una segunda oportunidad para seguir -o empezar- a disfrutarla rodeada de las mejores personas y compañeros de viaje que tiene a su lado: la familia.




