El día 1 de mayo de 1943, en la ciudad de Cincinnati, Ohio (Estados Unidos), dos gemelas iban a llegar al mundo: Joyce y Judith Scott. Una relación que se mantendría para siempre, pero con una distancia que duraría 36 años, el tiempo que una de estas hermanas estaría encerrada en el más absoluto aislamiento en una clínica psiquiátrica sin recibir ninguna visita debido a la discapacidad auditiva profunda que presentaba y al síndrome de Down que caracterizaba su físico, especialmente notable en los rasgos faciales. Cuando estas gemelas apenas tenían tres años de edad, una de ellas comenzó a dar señales de que algo no iba bien, hasta que se descubrió el origen del problema; años después, sus padres consideraron internarla porque no podía seguir viviendo en su casa. Esa gemela era Judith Scott.
Mientras Joyce comenzaba a hablar y manifestarse, diciendo sus primeras palabras o caminando por sí misma de forma autónoma e independiente, su hermana Judith no seguía el mismo patrón: no emitía frase alguna y parecía no entender nada de lo que se le decía, lo que encendió todas las alarmas ante la posibilidad de que padeciese alguna enfermedad. Nadie lo supo a tiempo, pero se evidenció que, efectivamente, era una persona con sordera profunda y trisomía del cromosoma 21, es decir, síndrome de Down. A los siete años, abandonó la escuela y fue ingresada en una clínica psiquiátrica en la que no recibió ninguna visita ; Judith no miraba a los ojos ni respondía mensajes. Tampoco se relacionaba ni respondía al tacto, por lo que su vida parecía estar arrojada a finalizar entre esas cuatro paredes. Un día, se abrió la puerta de la habitación y emergió la figura de su hermana Joyce, quien la rescató y se fueron a vivir juntas.
Taller de arte inclusivo
Joyce le hizo recordar a Judith lo que era tener un hogar. Una familia. Un lugar donde volver a ser feliz treinte y seis años después. Fruto de la discapacidad que presentaba su hermana gemela, Joyce decidió apuntarla a un taller de arte inclusivo donde pudiese pasar el tiempo rodeada de personas en una situación similar y, tal vez, desarrollar el área del lenguaje y de la comunicación. Era el Creative Growth Art Center in Oakland, California. Nada más lejos de la realidad. Judith no necesitó ni una sola explicación, como si por arte de magia conociese todos los mecanismos para hilar fibras enigmáticas dándole forma de bellas esculturas. Usaba telas, lanas, cuerdas y todo lo que encontraba para darle rienda libre a su imaginación y empezar a crear todo lo que pasaba por su mente. Los límites se quedaron a un lado para dar paso a la creatividad.

Los objetos que formaba Judith eran grandes, misteriosos, apasionados. Llamaban la atención y se comenzó a crear un movimiento en torno a estas figuras creativas que estaban hechas por una persona con discapacidad auditiva profunda y síndrome de Down. Primero fue creciendo el rumor en su ciudad natal, que se hizo cada vez más grande, atrayendo a importantes figuras del arte ‘outsider’ de Nueva York para terminar dando el salto a exposiciones en los museos más importantes del mundo. Judith Scott siempre había sido una artista a la que no se le había dado la mínima oportunidad para expresar su arte. Esta mujer había vivido toda su vida sin voz, pero ya había encontrado su propio lenguaje; crear no es solucionar ni decorar, sino sobrevivir.
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Judith tenía un talento innato para envolver trozos de madera en forma de fibras, hilos y telas y creó sus primeras piezas. Ya nunca más se detuvo. Ensayaba, creaba, erraba y volvía a empezar. Hacía uso de cualquier objeto que tuviese cerca de sí para crear una bella escultura empleando únicamente fibras de tela. La exposición de estas obras le llevó a ser nombrada como una de las escultoras más famosas y más reconocidas en la historia de los Estados Unidos en el arte ‘outsider‘, una modalidad artística que esquiva los límites de la cultura oficial, realizado por artistas autodidactas y que desarrollan su labor creativa sin contacto alguno con las instituciones artísticas establecidas y haciendo uso de materiales y técnicas inéditos. No tienen intención de obtener reconocimiento, ni de ganar dinero ni tampoco de complacer a nadie. Es la historia de Judith Scott.
Hablar a través del arte
A Judith Scott jamás le hicieron falta las palabras para tratar de comunicarse. Lo hacía mediante sus obras, que reflejaban el sentido de lo que ella quería transmitir. Tal es la importancia de esta mujer en el mundo del arte que su historia ha sido escrita en libros para llegar a la máxima audiencia posible, como al obra de John MacGregor: Metamorfosis: El Arte de la fibra de Judith Scott, en el que narra la impresionante e intensa vida de esta mujer, encerrada durante treinta y seis años en un centro psiquiátrico, sin recibir visitas, como consecuencia de la sordera que presentaba y el síndrome de Down que caracterizaba sus rasgos faciales. No obstante, su discapacidad fue totalmente secundaria a su arte, lo que le llevó a ser reconocida como la primera artista con Síndrome de Down que se presentó en el Museo de San Francisco del arte moderno. Su arte no pretendía ser entendido; quería ser sentido.

Finalmente, la vida de Judith Scott es un ejemplo de vida; una vida que ni siquiera seríamos capaces de imaginar, marcada por un color negro que le encerró en aquella habitación y un abanico cromático espléndido que se abrió al esculpir sus primeras obras, envueltas en tela. en 2005, esta artista falleció en brazos de su hermana gemela Joyce que, desde entonces, se ha dedicado a reivindicar los derechos de las personas con discapacidad para que tengan la oportunidad de expresarse y decir todo lo que quiera, piensan y puedan, algo que no le permitieron a Judith. «Mi mayor esperanza sería que haya lugares como Creative Growth por todas partes y así a las personas que han sido marginadas y excluidas se les daría la oportunidad de encontrar su voz«, explica Joyce.




