Melissa Cruz trabaja como profesional de la psicología, con énfasis destacado en el área de la neurodivergencia y el autismo. Además, para complementar su formación, es Doctora en Ciencias de la Salud y ostenta un posgrado sobre discapacidad e inclusión social.
De este modo, dada su profesionalidad y experiencia, Cruz concluye que «muchas personas autistas son especialmente sensibles al calor«, es decir, desarrollan una «hipersensibilidad» a las altas temperaturas que puede alterar su bienestar que, por el contrario, aumenta en un «ambiente fresco y cómodo«.
Los motivos y los factores que desencadenan la ‘mala’ relación entre las personas con autismo y el calor son variados; de acuerdo con Melissa, no obstante, se deben tener en cuenta a la hora de establecer reuniones donde coincidan individuos con esta condición, ya que «la accesibilidad también está en los pequeños cuidados«.
‘Mala’ relación entre autismo y calor
Una de las señas de identidad de las personas con autismo es el desarrollo de una hipersensibilidad al calor. De acuerdo con Melissa Cruz, psicóloga, «algunas personas autistas perciben la temperatura de forma más intensa». Por ello, un calor ‘molesto’, para este colectivo puede ser «sofocante, doloroso e invasivo«, destaca Cruz.
Del mismo modo, Melissa estima que «el calor afecta a la predictibilidad» de quien cuenta con la condición de autismo. Así, el cuerpo puede responder al calor de forma más variable; mientras, quienes buscan «predictibilidad en sus sensaciones corporales, esos cambios súbditos son difíciles de manejar«.
El calor, incluso, puede generar «molestias físicas amplificadas» en el autismo: el simple roce con la ropa, la humedad, olores fuertes o exposición directa al sol puede generar incomodidad, e incluso dolor, en personas que han desarrollado autismo a lo largo de su vida, aunque no estén diagnosticadas como tal.
Otro de los factores que motiva la nula relación entre el calor y el autismo es la rapidez con la que el agotamiento hace acto de presencia. Esto se debe a que las altas temperaturas intensifican la fatiga y las personas autistas ya gestionan una importante carga sensorial, que se ve aumentada, lo que deriva en un cuadro de irritabilidad o ansiedad.
La última característica de esta simbiosis, según Melissa Cruz, es la «dificultad para regular sensorialmente el cuerpo«. De acuerdo con esta psicóloga, este factor se sustenta en que el sistema nervioso puede tener más dificultad para filtrar y regular las señales del entorno«. Esta sensación puede tornarse abrumadora en el autismo.
Compresión del TEA en familias
Recibir el diagnóstico de Trastorno de Espectro Autista en la figura de un hijo no es un trago sencillo para los padres ni para las familias, por lo que Melissa Cruz, psicóloga experta en este ámbito, también pone el foco en este sentido: «Es un momento que genera una mezcla de emociones y cuestionamientos«.
El recorrido, no obstante, tiene la etapa de inicio, incluso, antes de ponerle nombre y apellidos a las conductas de estos menores. En ese camino, los padres ya prestan atención a determinadas señales y actitudes del niño que «pueden ser difíciles de comprender». En ese instante aparecen las primeras sospechas.
Acto seguido, con el diagnóstico de autismo en la mano, las familias comienzan un recorrido «de adaptación, en el que la información precisa y el apoyo adecuado juegan un papel crucial«, estima Melissa. Esos padres van a comenzar a vivir y a lidiar con una realidad hasta ahora desconocida y ajena a ellos.
Por ello, esta psicóloga aboga por la importancia de ofrecer, antes y después del diagnóstico, «herramientas y recursos para los padres a fin de comprender mejor las necesidades y potencialidades de sus hijos, así como la importancia de un enfoque integral y empático en su desarrollo».




