Lucía Martínez Molina es técnico de enfermería; de hecho, durante la primera oleada de la pandemia del coronavirus trabajó a destajo en el Hospital Universitario La Princesa de Madrid, tratando de salvar vidas que se desvanecían delante de ella. Sin embargo, unos meses más tarde, iba a ser su propia vida la que creía haberse «acabado» como ella mismo pensó. Con el tiempo, aprendió a superarse a sí misma para integrar el humor en la discapacidad, dos conceptos más allegados de lo que puede parecer.
Lucía cumple años el 18 de agosto. El día 26 de junio de 2020, sufrió una repentina hemorragia epidural espontánea, que le afectó la médula y le instaría a cambiar su forma de vivir y de ver el mundo, una acción que ahora debería hacer sentada en una silla de ruedas debido a que esta lesión medular le privaría de caminar de forma autónoma, como estaba acostumbrada, para tener que hacerlo apoyada en un andador. Tenía 19 años y toda la vida por delante para volver a sonreír y a ser feliz. Lo ha conseguido.
El apoyo de su familia y de su círculo más cercano se antojó como un elemento imprescindible para lograr salir adelante de aquella situación de lesión medular. Hoy, esta técnico de enfermería y creadora de contenido, se ha convertido en una referencia para el colectivo de la discapacidad, emitiendo un mensaje alentador y motivacional, cimentado en que «el mundo no se acaba» por estar en una silla de ruedas, a pesar de las dificultades que se van a encontrar por el camino.
Una hemorragia repentina
Lucía recuerda que aquel día de finales de junio estaba «saliente de guardia» cuando un fuerte dolor de espalda le hizo despertar. Trabajaba como técnico de enfermería en el Hospital de La Princesa durante la primera oleada de la pandemia. Estaba sola en casa y no podía moverse. Hasta ese preciso instante, esta joven era una persona totalmente autónoma, independiente con un trabajo estable que le permitía soñar en grande hacia un prometedor futuro, pero la vida le tenía preparado otro guion.
Tras una resonancia magnética de urgencias, la prueba radiológica reveló una gran masa en la médula, que le obliga a ser una «persona con discapacidad y con movilidad reducida gracias a ese dolor«, explica Lucía. Antes de someterse a este diagnóstico, Lucía, que tiene conocimientos sanitarios y augurando la gravedad del asunto, intentó contactar en numerosas ocasiones con el Sistema de Emergencias, aunque la respuesta no era la que deseaba: «Tómate un paracetamol, y se cortó la llamada«, expone en redes sociales. Ella misma define que «la hemorragia se ocasionó porque si, no hay explicación; se me reventó un vaso sanguíneo de repente, no fue por causa traumática ni enfermedad ni vacunas».
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Más tarde, su madre tenía que entrar en la casa para poder ayudar a Lucía a apearse de la cama y acompañarla en estos momentos de tanta incertidumbre; la mala suerte de aquel día parecía ser interminable: «Estaban las llaves puestas por dentro, por lo que pensé en llamar a los bomberos para que echaran la puerta abajo». Sin embargo, «como no quería quedarme sin puerta«, bromea, Lucía decidió tirarse al suelo y desplazarse «haciendo la croqueta, arrastrándome por el suelo» hasta la entrada de su casa y abrir la puerta. No tardaría en dejar de sentir las piernas; más tarde, perdería sensibilidad en el tronco y la estabilidad.
Humor y discapacidad
«A veces voy en silla de ruedas«, escribe Lucía Martínez en su biografía de redes sociales. Desde el año 2020, la vida le obligó a batallar con la discapacidad, en forma de lesión medular, sin ofrecerle un mínimo tiempo de reacción o asimilación ante lo que estaría por venir. Ella, por otra parte, le ha contrarrestado con la siempre inteligente baza del humor, que lo ha integrado en su vida como una expansión de su personalidad.
Como es lógico -y humano- no siempre hay espacio para el humor y algunas lágrimas también tienen derecho a ser derramadas por frustración o por mera impotencia. En esos momentos, Lucía sabe encontrar refugio en su entorno familiar, que es un apoyo incondicional para superar esta situación; también en su pareja, Raúl, que no «se separó» de ella en ningún momento y juntos han construido «un amor antiguo, como el de los abuelos«, detalla Lucía en una entrevista para ‘La Voz de Galicia‘.

Ahora, mirando su historia con perspectiva, Lucía puede destacar que «le doy gracias a la vida, por estar viva , por poder contarlo, porque podría haber sido peor y no ha sido así». Cree estar convencida de que la propia vida que robó su movilidad desde el pecho hasta los pies le tiene «algo bonito preparado, y aquí estoy para lo que venga. Porque si siguen viniendo obstáculos los seguiré pasando con la silla de ruedas por encima«. Mientras tanto, ha logrado un objetivo que no tiene precio: «estoy consiguiendo que la gente consiga entender a las personas con discapacidad». Nunca te rindas, Lucía.




