Los nombres de los muebles de IKEA desconciertan incluso en Suecia, pero no son aleatorios. Responden a un sistema de categorías que la compañía mantiene desde sus primeras décadas y que convierte cada palabra en una pista sobre el tipo de producto que designa.
El origen es puramente práctico. Ingvar Kamprad, que registró la empresa en 1943 con diecisiete años, tenía dificultades para memorizar números y decidió sustituir los códigos de referencia por nombres. De ahí salen los nombres de los muebles de IKEA que hoy conocemos. La propia marca es un acrónimo: sus iniciales, la granja de Elmtaryd donde creció y Agunnaryd, el pueblo cercano de Småland.
Lo que empezó como una solución doméstica acabó convertido en un rasgo de identidad. La compañía explica que emplea palabras suecas para reflejar su origen y los valores de Småland, y que solo se aparta de la regla en los nombres de servicios y funciones, que sí se traducen a la lengua local para que resulten comprensibles.
Qué significan los nombres de los muebles de IKEA según su categoría
El reparto por familias es la clave del sistema. Los sofás llevan topónimos suecos; las estanterías, nombres propios masculinos; los productos infantiles, nombres de animales y elementos de la naturaleza. Quien conozca la correspondencia puede deducir la categoría de un artículo sin verlo, solo por la etiqueta.
La lógica se comprueba en el catálogo histórico de la casa. KLIPPAN, el sofá lanzado en 1979, es un topónimo. BILLY, la estantería de 1978, e IVAR, el sistema de almacenaje de 1983, son nombres de hombre. ANTILOP, la trona infantil de 1991, significa sencillamente «antílope» en sueco. Y la colección STOCKHOLM, presente en el catálogo en distintas versiones, toma el nombre de la capital del país.
Reglas estrictas antes de bautizar un producto
No vale cualquier palabra. La empresa exige que el nombre sea un término real, de entre cuatro y doce letras, fonéticamente agradable y, a ser posible, con alguna de las vocales características del sueco: å, ä u ö. Quedan descartados los apellidos y los términos ya registrados como marca.
Después llega el filtro más delicado: cada candidato se revisa para descartar significados indeseables en otros idiomas, un control nada trivial en una empresa presente en decenas de mercados. El volumen explica la necesidad del método, porque los nombres de los muebles de IKEA no salen de una lluvia de ideas ocasional: la compañía bautiza entre 2.000 y 3.000 productos nuevos cada año.
Un vocabulario que viaja
El sistema tiene una excepción deliberada. Un puñado de palabras suecas se utiliza igual en todas las tiendas del mundo —el saludo, la despedida, la bienvenida y el café— porque la empresa las considera parte de su cultura corporativa y no simples etiquetas de producto.
El Museo IKEA dedica un apartado específico a estas reglas de nomenclatura y otro a las historias de los productos, desde LACK hasta MALM o HEMNES, con la fecha de lanzamiento de cada uno. Ese archivo permite seguir la evolución del criterio a lo largo de las décadas y comprobar que las familias de nombres se han mantenido con notable coherencia.
Conocer la lógica que hay detrás cambia la forma de recorrer la tienda: un topónimo anticipa un sofá y un nombre masculino, una estantería. Los nombres de los muebles de IKEA no forman un idioma secreto, sino una taxonomía comercial que lleva décadas funcionando y que explica por qué un producto se llama exactamente igual en Madrid, en Estocolmo o en Tokio.




