Alejandro nació con pérdida auditiva en el oído derecho a causa de un citomegalovirus que su madre contrajo en el tercer trimestre del embarazo. La primera alerta llegó en el cribado auditivo que se practica a las 48 horas del parto y la confirmación en la tercera semana, con una muestra de orina que dio positivo. Cuando el servicio de otorrinolaringología del hospital certificó que el pequeño necesitaba audífono, los padres se toparon con otra realidad: al tratarse de una pérdida en un solo oído, la Seguridad Social no financia la prótesis, según cuenta la madre en un vídeo de Alma Clínica Auditiva.
Cabe recordar que el cribado auditivo neonatal es universal en España y se realiza en las primeras horas de vida precisamente para adelantar diagnósticos como este. En el caso de Alejandro funcionó: el oído derecho no respondió desde el primer intento.
Tres semanas de pruebas hasta poner nombre al problema
El primer resultado no se dio por definitivo. Un recién nacido puede arrastrar restos de líquido del propio parto que alteren la medición, así que repitieron la audiometría una semana después. El oído siguió sin responder.
En la tercera visita entró en juego la prueba que despejó las dudas. El hospital pidió a la familia recoger una muestra de orina para averiguar qué estaba fallando y el análisis dio positivo en citomegalovirus, un virus muy común que suele pasar desapercibido en el adulto pero que, transmitido al feto, es una de las principales causas no hereditarias de sordera al nacer.
A partir de ahí llegó el ingreso y un tratamiento para descartar que el virus hubiera dañado algo más. El resultado fue el mejor posible dentro de la mala noticia: solo estaba afectado el oído derecho y el izquierdo mantenía una audición normal.
La resonancia que había que esperar antes de mover ficha
El siguiente paso no fue el audífono, sino una resonancia magnética. Era imprescindible para saber con qué estructuras contaba realmente el bebé, porque el virus puede alterar el desarrollo del oído. «Podía ser que el canal auditivo no existiera, o que no existiera el tímpano, o el caracol que hay dentro del oído», describe la madre.
Hasta que no llegó ese resultado, la familia no tuvo vía libre para buscar un centro. Es decir: semanas de espera con un recién nacido en casa, la recuperación del parto y una incógnita médica sin resolver. «Y todo eso con la preocupación de haber parido», resume ella.
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El muro administrativo: pérdida unilateral, factura privada
El mismo día en que la otorrino revisó la resonancia y confirmó la necesidad de prótesis llegó el aviso económico. La adaptación corría por cuenta de la familia, y el hospital se limitó a facilitar tres opciones de centros privados.
«La Seguridad Social, al ser unilateral, no te pasa nada. Te tienes que buscar una clínica.»
Ninguna de esas tres alternativas convenció a la madre. Meses antes había visto en redes el contenido de Alba, audióloga de Alma Clínica Auditiva, que acababa de estrenar su área infantil. «Me llamó mucho la atención», admite, aunque entonces todavía no sabían al 100% que su hijo fuera a necesitar audífonos.
Una cita el mismo día y todas las pruebas repetidas
La madre llamó a la clínica, donde le atendió Manuel, y consiguió reunión esa misma tarde. Acudió con su pareja y con el bebé. Allí, la audióloga revisó los informes del hospital, pero adelantó que repetiría todas las pruebas por su cuenta para tener su propio diagnóstico completo.
De ese trabajo salió un detalle que, según la familia, en el circuito público nadie les había explicado: el perfil concreto de la pérdida. Alejandro oye peor las frecuencias graves que las agudas, un matiz que condiciona por completo cómo se programa un audífono infantil.
«Eso en el hospital no te lo dicen», señala.




