«Somos una familia con seis hijos, tres de ellos adoptados con necesidades especiales«. Así definen Lola y Pablo la situación familiar que tienen en casa, con la más absoluta convicción de que cada uno de ellos «es un regalo», a la vez que se sienten agradecidos ante Dios por «la misión que nos confió y llenar nuestra casa de amor». Sin duda, es una situación excepcional en la que estas magnificas personas han puesto al servicio de la discapacidad toda su entrega y disponibilidad para brindarles una vida plena, digna y repleta de amor incondicional. «La familia es el corazón que da vida y esperanza a nuestra sociedad«, explican a través de sus redes sociales, donde ya superan los cuarenta mil seguidores y muestran la realidad de su día a día.
«Yo me hubiera vuelto loca sin tener hijos«, revela Lola en una entrevista a la revista ‘Misión‘. De hecho, al poco tiempo de contraer matrimonio con Pablo, su marido, llegó Teresa, su primera hija. No obstante, tras ser padres primerizos y con el irrefrenable deseo de continuar expandiendo la familia, esta pareja se vio instada a aceptar unos resultados que no entraban dentro de sus planes, pero formaban parte «de la voluntad de Dios»: había un problema de esterilidad. Habían pasado cinco años desde el nacimiento de su pequeña, un tiempo que sirvió al matrimonio para reflexionar y tomar la decisión de darle la bienvenida a Pepe, un niño adoptado con síndrome de Down. No iba a ser el único nuevo miembro en incorporarse a la familia.
Padres de «hijos que nadie quiere»
«Nuestro proyecto de vida era tener muchísimos hijos», relatan Lola y Pablo a través de sus redes sociales. Sin embargo, el destino les tenía preparado otro camino, que iban a recorrer juntos y poniendo toda su voluntad al servicio de Dios: «Sí hemos sabido escuchar una llamada para ser los padres de hijos que nadie quiere«, es decir, menores con necesidades especiales que habían quedado completamente desatendidos por las familias biológicas debido a esa discapacidad congénita con la que habían nacido. Tal y como detalla Lola, «la infinita misericordia de Dios» les ha concedido la crianza de dos niños con síndrome de Down y una niña con parálisis cerebral.
En esta línea, no esconden que «no todos los días son fáciles«, lidiando con la discapacidad cara a cara; sin embargo, «sí que todos los días son regalos de Dios«. Existen dudas, preguntas y momentos de debilidad ante una situación de este calibre, pero este matrimonio afirma que la llegada de estos menores a sus vidas les ha hecho «infinitamente más felices, a la par que ha afianzado las bases de la relación. También explican que dudaban si estaban «verdaderamente capacitados», pero concluyeron que «Dios capacita a los elegidos«, por lo que se pusieron el mono de trabajo y sintieron la necesidad de adoptar a esos niños «que nadie quiere» para el seno de la Familia García Sánchez.
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Esos «toques de varita mágica» con la que Lola describe la creación de su familia, estima que les ha permitido hacerse «infinitamente más fuertes» y estrechar, todavía más, los lazos de unión entre sí y «valorar lo que es la vida de verdad». Sin medias tintas y «abrazándola tal y como viene«. Sin duda, una familia repleta de personas excepcionales que han puesto su corazón al servicio de Dios, que los ha elegido como la unidad de convivencia ideal para que los menores adoptados con alguna determinada discapacidad sientan un hogar seguro y repleto de amor, donde «el regalo más grande es ser vuestra madre». Lola no tiene la más mínima duda de su decisión, que se afianza cada vez más: «Desde que llegasteis, nuestra vida solo ha sido más hermosa, más plena, más feliz«.
Mirar la vida con el corazón
El secreto de la familia García Sánchez es que, tal vez, no haya ningún secreto. Han superado obstáculos que creían insuperables y han caminado juntos hacia el futuro que vislumbraban desde siempre. Lola se «hubiera vuelto loca sin hijos«, y ahora es madre de seis, de los que tres de ellos son menores adoptados con alguna discapacidad congénita –dos síndrome de Down y una niña con parálisis cerebral-. Sin embargo, ellos mismos revelan que la biología y la adopción conviven a partes iguales, sin priorizar uno sobre otro: «Aquí no importa como llegó cada uno, es aprender a mirar la vida con el corazón«.

Lola y Pablo han creado una magnífica y excepcional familia siguiendo las reglas y la voluntad de Dios, como ellos mismos afirman. El temprano nacimiento de Teresa nada tiene que ver con la desesperante espera que tuvieron que asumir hasta la adopción de Pepe, que casi coincidió con la llegada de Juan y Roque. Después llegó Lola su hermana pequeña, que presentaba, como Pepe, síndrome de Down; finalmente, entró en escena Bubi, una niña con parálisis cerebral. Hoy, esta familia se cuida y se ama a partes iguales, demostrando que «lo que nos une es mucho más fuerte que cualquier diferencia». Ellos son conscientes de que su historia «no es perfecta, pero es real y está llena de esas pequeñas grandes cosas que nos hacen mejores cada día».




