Su nombre es Flor Alba Salazar. Es conferencista y oradora sobre motivación y mujer especializada en superación y crecimiento personal, además de ser una apasionada por «transformar el dolor en propósito y las pruebas en testimonio de vida». Pero, por encima de todo, es madre con una discapacidad visual que le inhibe el sentido de la vista.
Como persona ciega, esta madre necesita, generalmente, de la ayuda externa para poder esquivar obstáculos o determinados impedimentos que se interponen en su camino. En su casa, sin ir más lejos, cuenta con la adaptación más especial posible: la de su hijo, un pequeño de dos años de edad.
A pesar de su corta y breve experiencia de vida, el menor ya sabe e intuye qué tipo de ayudas necesita su madre debido a la ceguera que tiene: «A veces pensamos que por qué nuestros hijos están pequeños, no se dan cuenta de lo que pasamos», indica Flor, sabiendo, de primera mano, que son perfectamente conscientes de la realidad.
La conexión entre una madre ciega y su hijo
Sin miedo ni temor, Flor Salazar indica que su ceguera es su «mayor regalo», Aunque puede sonar paradójico e, incluso, contradictorio, lo cierto es que esa afirmación procede de la bonita conexión que ha establecido con el menor de sus hijos, que, a pesar de tener apenas dos años de edad, ayuda a su madre en todo lo posible.
En ocasiones, esta madre se ha enfrentado a una pregunta compleja pero de fácil solución: «¿Cómo una mujer ciega puede cuidar a un niño de dos años?» Lo cierto es que entre ambos han creado una relación de reciprocidad, donde la ayuda ha sido mutua y no unidireccional.
«Muchas veces él también ha sido mi apoyo«, recalca Flor. Aun siendo tan pequeño, la lógica invita a pensar que «no tendrá la capacidad de entender otras cosas, pero sabe que a veces necesito cosas que no puedo hacer, que no puedo ver, pero siempre me ayuda a cuidarme«, cita, orgullosa, Flor, una madre ciega.
Recoger y quitar los juguetes del medio, abrir las puertas a su paso o dar la voz de alarma ante posibles choques frontales son algunas de las acciones que el pequeño ha aprendido a desarrollar en favor del bienestar de su madre, sin que nadie le haya inculcado esos valores. Es, din duda, «el regalo más lindo» de esta madre.
Para ella, los hijos «nos enseñan a ser fuertes, a ser valientes aun cuando muchas personas critican sin saber la profundidad de cada persona», cita Flor. «Somos un mundo en medio de otro mundo; somos personas que valemos demasiado y capaces de lograrlo todo», estima sobre su vida siendo ciega.
El cuidado de una familia siendo ciega
El miedo se manifestó en la mente de Flor cuando le dieron la noticia de que iba a ser madre. Los pensamientos sobre su capacidad empezaron a tambalearse y su condición de persona ciega cada vez pesaba más. Sin embargo, todo eso se diluyó en los primeros instantes de contacto entre la madre y su hijo.
«Mis hijos no ven en mi mi ceguera; son los demás quienes me ven como una inútil», lamenta Flor. Su familia únicamente puede observar y resaltar «mi amor por ellos, mi esfuerzo y mi dedicación«, mientras argumenta que «la maternidad no se mide en lo que tu puedes ver, sino en lo que eres capaz de sentir«.
Sin embargo, Flor ha tenido momentos de dudas donde nada parecía estar claro sobre ella misma y sobre su papel como madre. A pesar de esos sentimientos, su familia se ha encargado de demostrarle que el sentido de la vista es el menor importante mientras el amor sea el que reine en su hogar. Y así lo hacen.




