La vida de Pablo y Nerea, de Gijón, era «idílica» hasta la madrugada del 5 de junio. Ese día, una sepsis meningocócica fulminante atacó a su hijo Maël, de tres años, y le arrebató las dos manos y los dos pies en cuestión de horas. El detalle que estremece de su relato es lo rápido e imprevisible que fue todo: el pequeño estaba vacunado contra el meningococo, pero, como lamenta su padre, «hay más probabilidades de que te toque el Euromillón».
Una madre enfermera que detectó las señales
Todo empezó a las cuatro de la mañana, cuando Maël pidió ayuda para ir al baño. Su padre pensó al principio que el niño estaba «sonámbulo» y hasta le hizo algo de gracia, pero Nerea, que es enfermera, notó algo distinto: «Eran gestos neurológicos, como ausente». Su instinto profesional encendió las alarmas y encendió la luz del baño. Aquella intuición marcó el inicio de una carrera contrarreloj para salvarle la vida.
Han pasado solo unos meses desde la amputación de sus cuatro extremidades y la familia reconoce que todavía «no estamos en la rutina». Maël acude varias veces por semana a terapia y fisioterapia, tareas que les han sacado de la naturalidad que tenían antes. Aun así, si el proceso sigue encajando como hasta ahora, confían en que en enero pueda volver al colegio.

Lo que define a esta familia es una mirada de futuro llena de admiración y de amor. Maël es el hermano mayor de Olai, que acaba de cumplir un año y da sus primeros pasos; su padre los describe como «Don Quijote y Sancho Panza». Y en medio del duelo por la vida que tenían, Pablo y Nerea han decidido convertir la historia de su hijo en un mensaje de esperanza: la de un niño que, en su relato, «venció al dragón del meningococo».
«Teníamos una vida idílica y habíamos cumplido nuestro sueño de formar una familia. Ahora queremos que el mundo sepa que no hay barreras, que el límite no está en el cuerpo, sino en el miedo».
Sus padres insisten en que lo verdaderamente importante ahora es el presente y el amor más puro que les une. Prefieren hablar de lo que Maël sí puede hacer antes que de lo que perdió, convencidos de que su hijo tiene por delante una vida plena y de que su ejemplo puede ayudar a otras familias a perder el miedo. «El límite no está en el cuerpo», repiten, y su día a día ya lo demuestra.
Su testimonio, contado con la delicadeza de quien todavía asimila el golpe, busca visibilizar tanto la enfermedad como la fortaleza de un pequeño que sigue premiándose con un helado de dos bolas tras cada terapia. Puedes conocer toda su historia en la entrevista que le hicimos en Tododisca.




