Vanesa Pérez Padilla es madre de tres hijos; de profesión, trabaja como psicóloga, a pesar de que también se encargue de divulgar, cada vez que tiene ocasión, la discapacidad, el autismo severo y la importancia del cuidado de las personas que presentan esta condición.
En este sentido, Rodrigo es uno de esos tres hijos que comparte la fortuna de tener a Vanesa como madre. Ella se encarga de que la felicidad de este menor sea directamente proporcional a la calidad de vida que merece, custodiada por los cuidados exhaustivos a los que hace mención en su biografía de redes sociales.
No obstante, esta madre es consciente de que es una tarea individual, sí; pero también hay un importante componente que se escapa del hogar y de su alcance y que se acentúa en la sociedad y en los centros escolares, donde no puede estar tan pendiente de Rodrigo. Hace un fuerte llamamiento a la inclusión de personas con discapacidad que, aunque estemos lejos de lograrlo, Vanesa no va a dejar de intentarlo.
Dejar que la discapacidad cambie miradas
Hoy y siempre, es buen motivo para reivindicar la discapacidad, otorgarle el reconocimiento que merece y darle la visibilidad que tanta falta hace. La inclusión es un deseo generalizado de todas las personas -o así debería ser- y, para ello, se debe normalizar a quienes presenten una condición distinta, como tantas personas hay en el mundo. No hay nadie idéntico a nadie.
Vanesa revela que Rodrigo está al límite cumplir la mayoría de edad legal en España. Sin embargo, lo va a hacer acompañado de una discapacidad severa y una dependencia total que le ha a invitar a «necesitar ayuda de otra persona para realizar cualquier actividad de su vida diaria, por sencilla que sea».
Ese camino de la discapacidad de su hijo que le ha tocado recorrer a esta madre lo define como «difícil, doloroso y solitario«, además de «estresante», en ocasiones. No esconde que hay días en los que «es complicadísimo seguir y sufrimos lo indecible», mostrando cómo es vivir con una condición intelectual limitante. Vanesa no le pone filtros a la realidad para tratar de normalizarla.
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Por otro lado, al igual que hay nubarrones, también hay gestos que dan sentido a toda una vida de lucha y batalla contra una discapacidad intelectual: «Un pequeño logo, por mínimo que sea, que el alcance hacen que todo nuestro alrededor se vuelva más brillante», define esta madre sobre su hijo Rodrigo.
Pérez, por tanto, ofrece una invitación a dejarse «contagiar» por el valor de las personas que presentan alguna discapacidad. Y así lo explica: «Quiero que eliminéis prejuicios, que abráis el corazón y dejéis que la discapacidad os cambie la mirada«.
La valía de las personas, inherente a su existencia
Vanesa lo tiene claro: «Quiero reivindicar la valía de mi hijo y todo lo que aporta con su mera existencia a esta sociedad», alegando que su vida es exactamente «igual de valiosa que la vida de cualquiera», haciendo extensible este argumento al resto de personas que presentan alguna discapacidad.
Rodrigo, y quien tiene una discapacidad, «no tiene que estar demostrando su aporte a esta sociedad; su valía, simplemente, no se negocia porque es inherente a su existencia«. Y, con esto, Vanesa no quiere romantizar la condición de su hijo, que «no es un regalo», pero sí el valor que tiene como persona: «Es, de lejos, lo más duro que me ha pasado«.
Sin embargo, a lo largo de este camino, Vanesa cree haber aprendido muchas cosas que ha aplicado en diferentes esferas de su vida: a nivel personal, familiar como de pareja. Y, especialmente, como madre. Rodrigo le ha hecho «replantearme mis prioridades, mis valores», que es a lo que se aferra «en mis días más aciagos».
Ha bastado la presencia o una mirada de Rodrigo, incluso un simple gesto, para que Vanesa comprenda que «la felicidad cabe en un abrazo sin palabras«. Las personas con discapacidad ayudan a conocer «qué es la honestidad y la alegría de lo más sencillo y de lo más ordinario», estima esta madre, psicóloga y divulgadora del cuidado y del autismo.




