La lesión medular de Marta Morera empezó de la forma más inesperada: con «unos calambres en el brazo izquierdo» que ella, deportista, achacó al tenis que solía practicar. Nada hacía presagiar lo que vendría después. Tras varias visitas a fisioterapeutas para tratar lo que «parecía una lesión sin importancia», acabó en una sala de neurología. Una resonancia magnética reveló la verdadera causa: un quiste en la médula. En apenas una semana, y por la urgencia del caso, esta joven catalana entraba en quirófano.
Los médicos le habían descrito la operación como «sencilla»: un par de días en la UCI y después recuperación. Incluso le enseñaron la habitación de cuidados intensivos asegurándole que no necesitaría ninguna de aquellas máquinas. Las necesitó todas. Al salir del quirófano, su médula se inflamó y su cuerpo empezó a paralizarse. Estuvo 81 días ingresada, pasó por un coma inducido y sus padres durmieron casi mes y medio en el hospital ante las constantes complicaciones. La operación fue un 24 de abril, un día después de Sant Jordi, fecha que para ella «siempre trae tristeza».
Pentaplejia con lesión a nivel C1
Hoy Marta vive con una pentaplejia con lesión a nivel C1, se desplaza en silla de ruedas eléctrica y tiene reconocido un grado de discapacidad del 84%. Recuerda su infancia como «una etapa feliz, sana y sin limitaciones», con sus padres siempre al lado y su hermano Edu como compañero de juegos, aunque también habla con sinceridad de una adolescencia difícil en la que se sintió «muy sola».
Lo que define a Marta es su espíritu aventurero y reivindicativo. Convencida de que «si no se ve, no existe», ha convertido su vida en una forma de defender los derechos del colectivo: «La mejor forma de reivindicar nuestros derechos es mostrándolos, viviéndolos y señalando lo que no funciona cuando hace falta». Y lo deja claro: «No es quejarse: es querer vivir con los mismos derechos que cualquiera».

Sus grandes batallas son la accesibilidad en la cultura y, sobre todo, en el transporte. «De poco sirve que un destino sea accesible si no puedes llegar hasta él», advierte, reclamando que viajar no se convierta «en una prueba de resistencia». Para ella la accesibilidad «no sirve si se hace a medias»: hacen falta «inversión, seguimiento y responsabilidad», no parches.
El primer contacto de Marta con su nueva realidad fue durísimo: recuerda su primera salida al exterior, para el cumpleaños de su madre, como «un auténtico puñetazo de realidad». Poco a poco, sin embargo, fue aceptando esa nueva forma de vivir y transformándola en impulso. Cuando la trasladaron en helicóptero al Instituto Guttmann, su familia lo celebró «como si nos hubiera tocado la lotería», aunque el médico les advirtió del largo camino que quedaba por delante. Hoy Marta lo ha recorrido convertida en una viajera incansable que no se pone límites.
Puedes conocer toda su historia en la entrevista que le hicimos en Tododisca.




