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José Antonio Herrero, ganadero salmantino que trabaja también de enterrador: «El campo da fruto y el cementerio da paz»

José Antonio Herrero, ganadero salmantino que trabaja también de enterrador: «El campo da fruto y el cementerio da paz»

Francisco Zuasti
Francisco Zuasti 11/09/2026 20:51

José Antonio Herrero Sagrado se levanta para atender el campo y termina la jornada en el cementerio de Ledesma, en la provincia de Salamanca. No es una excentricidad ni una vocación tardía: es la forma que ha encontrado de que las cuentas salgan. «El campo ya no da para vivir», resume en la entrevista que concedió a La Gaceta de Salamanca, publicada el 30 de octubre de 2025. Lleva cinco años compaginando ambos oficios.

Dos empleos para un solo sueldo

Su rutina explica mejor que cualquier estadística lo que significa hoy vivir de la actividad agraria en un municipio pequeño. «Trabajo aquí y luego me voy al campo», cuenta. El cementerio aporta lo que la explotación no garantiza: ingresos previsibles cada mes, al margen de la cosecha, del precio que le paguen o de la climatología.

Esa es la diferencia que él mismo subraya cuando compara los dos trabajos y que ha acabado convertida en una frase que resume su situación.

«El campo da fruto y el cementerio da paz»

Es decir, la pluriactividad no aparece aquí como una oportunidad de emprender, sino como un colchón. Y no es un caso aislado: en amplias zonas del interior peninsular, quien mantiene una explotación ganadera pequeña suele sostenerla con un segundo empleo por cuenta ajena o con una jubilación en la familia.

Un oficio que no se elige por casualidad

José Antonio no llegó al cementerio desde un despacho. Su propia trayectoria en el campo, dice en declaraciones recogidas por el medio especializado NoticiasTrabajo, le preparó para lo que iba a encontrarse: «He estado toda la vida viendo animales, trabajando con la pala… esto no me coge de nuevas». Aun así, admite que el trabajo tiene momentos difíciles: «Hay que tener estómago».

Lo describe sin dramatismo y con una precisión que desarma. «Nosotros vemos una caja, no el cuerpo, pero cuando toca hacer reducciones y el cuerpo no está descompuesto, eso impresiona más», explica sobre la parte menos visible del oficio.

El fondo del problema: rentas agrarias y relevo

Detrás de esta historia individual hay un problema que el sector lleva años planteando. Las rentas del campo dependen de variables que el productor no controla y que hacen inviables muchas explotaciones familiares sin ingresos complementarios. De ahí que organizaciones agrarias reclamen medidas específicas para el colectivo, como cuando COAG Andalucía pidió la jubilación anticipada para ganaderos y agricultores, apelando al desgaste físico de una actividad que no entiende de festivos.

A ese cuadro se añade la factura fija de quien trabaja por cuenta propia. La cuota de autónomos se paga todos los meses, haya o no ingresos, una carga que aparece una y otra vez en los testimonios del colectivo, como el de quienes destinan a ella una parte sustancial de lo que cobran. Existen bonificaciones autonómicas para determinados perfiles, entre ellas la posibilidad de encadenar dos años de cuota cero con un 33% de discapacidad reconocido, aunque no alcanzan a la mayoría.

José Antonio, mientras tanto, no habla de abandonar. Observa que los más jóvenes «ya no tienen la misma mentalidad de antes» y sigue repartiendo el día entre las dos tareas. Su testimonio, con casi un año a sus espaldas, sigue describiendo una realidad que no ha cambiado: en muchos pueblos, mantener el campo vivo depende de que alguien acepte tener otro trabajo.