La inocencia de los niños invita siempre a la curiosidad, al preguntar sobre determinados aspectos que, quizá, no siempre tienen una respuesta sencilla. Uno de esos términos más comunes es la discapacidad, que tantas incógnitas genera en los más pequeños y tantos rodeos exponen los más mayores para ‘esconder’ una realidad visible.
La educación se perfila como uno de los elementos más determinantes para que la discapacidad adquiera esa normalidad que tanto reclama el colectivo y por la que tanto trabajan las asociaciones. Por ello, la inclusión debe comenzar a fomentarse desde edades jóvenes, inculcando ese valor como un aspecto fundamental.
Además, de este modo, la convivencia será más plena, heterogénea y enriquecedora, donde la disparidad de opiniones y pensamientos beneficiará al bien común. Una situación similar vive la accesibilidad, de carácter universal e invisible en los parques infantiles, donde también tiene derecho de disfrutar niños con discapacidad.
Parques infantiles que ‘olvidan’ a niños con discapacidad
Jugar. Saltar. Reír. Quien no ha soñado o ha imaginado un futuro en el que tus hijos puedan conjugar esos tres verbos a la perfección. Tanto de manera teórica como práctica. Las familias que viven con un menor con discapacidad denuncian que no puedan acudir a los parques infantiles por la falta de accesibilidad en esos espacios.
Esa falta de inclusión enmascarada duele, pesa y se lamenta, porque es privar a unos pequeños de un derecho fundamental: el de ser niños y disfrutar de esas instalaciones con libertad y en igualdad de condiciones. Por ello, Montse Font, activista de la accesibilidad, ha radiografiado esa situación en sus redes sociales.
Toboganes, columpios, redes para escalar o un balancín son algunos de las instalaciones más recurrentes que cobijan los parques infantiles, destinados para el juego de los más pequeños. Sin embargo, ninguno de ellos está adaptado ni es accesible para estos menores que presentan alguna discapacidad o movilidad reducida.
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Esa ausencia de adaptación «pasa más veces de lo que pensamos«, detalla Font. Las familias, en este sentido, denuncian que no pueden ir a estos espacios públicos porque sus hijos carecen de los recursos necesarios para hacer uso de un tobogán o de un columpio, mientras ven como el resto de niños juegan, saltan y ríen.
Un parque infantil «debería ser un lugar para jugar«, insiste Montse Font; de momento, esa función la cumplen, a pesar de que debería ser una medida extensible «para todos», que es lo que dicta el término ‘accesibilidad universal‘. No se puede diseñar una zona de estas características sin pensar en niños con discapacidad.
El derecho a jugar
Jugar, automáticamente, es pensar en niños. Niños corriendo, con una pelota o empapados en sudor y en risas de tanto movimiento. Pero no siempre esa radiografía permite ver un diagnóstico completo de la realidad; en ocasiones, se olvida de un colectivo realmente importante y de sus familias: el de la discapacidad.
La inclusión es un concepto que está muy presente en el día a día, pero su puesta en práctica se antoja, todavía, lejana. En los parques infantiles, la ausencia de este término implica que los niños en silla de ruedas o con movilidad reducida vean vulnerado su derecho al juego por no contar con las adaptaciones necesarias.
«Cuando se diseñan los espacios públicos, todavía hay niños que no están en el plano«, critica Montse Font acerca de esta realidad. Es una necesidad para tantos niños que ven restringidas sus opciones de sonreír encima de un tobogán o de un columpio; es una discriminación por estar en el olvido eterno.
Además, esa adaptabilidad y ese fomento de la accesibilidad cobra importancia real: no sólo es para la discapacidad, sino repercute en cualquier niño, porque nadie está libre de una mala caída, un mal apoyo o un golpe fuerte que genere una pequeña lesión e invite a requerir una herramienta de apoyo para jugar, saltar o reír.




