Caterina Moretti es uno de los rostros con síndrome de Down más conocidos de redes sociales. Lo es por su enorme trabajo de divulgación y reconocimiento de esta condición, además de sus permanentes reivindicaciones exigiendo, reclamando y definiendo qué es y como debería ser la inclusión de personas con discapacidad.
El sentir del colectivo suele responder a una misma premisa: se ha avanzado mucho en esta materia en los últimos tiempos, pero todavía queda mucho camino por recorrer y por sensibilizar respecto a la discapacidad. Moretti, como persona con síndrome de Down y activista, se suma a este manifiesto.
Por ello, mediante su perfil oficial de redes sociales, Caterina, en esta ocasión, ha querido demostrar que la inclusión de estos colectivos no se ciñe a, simplemente, «un acto de caridad«, sino que es una idea que va mucho más allá. Ella, de hecho, lo tilda como «una oportunidad de evolución» como sociedad.
Una joven con síndrome de Down que fomenta la inclusión
Un acto de caridad o un gesto de responsabilidad social. Sendas ideas suelen coincidir con una mala interpretación de la finalidad que ostenta el término ‘inclusión‘. Es una concepto que abarca varios posibles significados, pero su aplicación y reconocimiento coincide en una misma idea.
Por ello, Caterina asegura que «me atrevo a cuestionarlo todo». Ella y su síndrome de Down han experimentado en primera persona que la accesibilidad y la inclusión, todavía, no están plenamente instaladas en «un mundo obsesionado con la perfección», indica Karin, madre de esta joven.
En esta línea, Karin insiste en que «mi hija, con síndrome de Down, me enseñó a habitar el presente»; Caterina, por su parte, detalla que «le invité a flexibilizar sus formas». Ambas, madre e hija, aprendieron que existen «múltiples caminos para llegar a metas diferentes«, siendo todos igual de válidos.

La simple presencia de Moretti en su propia familia, en el colegio o en su trabajo sirve para sensibilizar -«y sigue flexibilizando»- la condición de síndrome de Down y conseguir doblar hasta «la estructura más rígida». Por ello, apostilla Karin, «donde otros ven dificultad, yo veo maestría con inteligencia emocional«.
Por ello, esta familia, y «todas las personas que conocemos con síndrome de Down«, son una perenne invitación para «ser más honestos y transparentes; más auténticos y menos caretas». El respeto, la educación y el buen trato no está reñida con ninguna condición y siempre ha de prevalecer con cualquier persona.
Oportunidad para evolucionar
Karin, desde su papel de madre de una joven con síndrome de Down, afirma rotundamente que cuando el entorno de estas personas apuesta firmemente por ellas, «su nivel de lealtad y compromiso es inquebrantable». A su vez, al propia Caterina estima que «el compromiso no es una obligación, sino una declaración de pertenencia».
Del mismo modo, en la convivencia con este colectivo, «se aprende casi sin darse cuenta» y «a dejar de etiquetar al diferente en todas sus formas», indican madre e hija, respectivamente. En ese contexto, «la diversidad deja de ser una política y se convierte en una vivencia».
Por ello, todas estas reflexiones persiguen una mismo objetivo: demostrar que «la verdadera inclusión no es abrir una puerta por caridad; es reconocer que sin ellos, nuestra mesa está incompleta». Actuar en fomento de la inclusión de personas con discapacidad «es una oportunidad de evolución que muchos se están perdiendo».
Así, Karin y Caterina concluyen afirmando que «si no tienes a alguien con síndrome de Down en tu casa, en tu colegio, en tu trabajo o en tu fiesta de cumpleaños, te lo estás perdiendo». Estas personas tienen un valor incalculable dentro de la sociedad y su capacidad es mucho mayor que su discapacidad. Siempre.




