Alfonso, padre de un niño con discapacidad y movilidad reducida: «Es imposible contar con las plazas PMR en los colegios»

Son las nueve menos diez de la mañana y la escena se repite en la puerta de cientos de colegios de toda España. Hay coches en doble fila, prisas y motores encendidos. Y casi siempre, en la plaza azul reservada a personas con movilidad reducida, hay un vehículo sin tarjeta de estacionamiento. «Es solo un minuto» es la excusa más repetida. Para las familias que de verdad necesitan esa plaza, ese minuto se convierte en un problema todos los días.

Alfonso lo vive dos veces al día. Su hijo tiene una discapacidad y movilidad reducida, y llevarlo al colegio se ha convertido en una carrera de obstáculos. «Es imposible contar con las plazas PMR. Llego con tiempo y siempre hay alguien aparcado que no tiene tarjeta. Me dicen que solo van a dejar al niño, pero mi hijo no puede bajar del coche en cualquier sitio. Necesita ese espacio lateral para salir con la silla, y si no está libre, nuestra mañana se complica antes de empezar», explica.

Plazas pensadas para algo más que aparcar

Estas plazas no están ahí por casualidad. La normativa estatal de accesibilidad en los espacios públicos urbanizados (Orden TMA/851/2021) establece que las plazas reservadas deben estar lo más cerca posible de los accesos peatonales y conectadas con un itinerario peatonal accesible. Así la persona con movilidad reducida puede llegar hasta la entrada del centro sin escalones, bordillos ni obstáculos.

Además, cuentan con una zona de transferencia lateral, una franja señalizada junto a la plaza que permite abrir la puerta del todo y pasar del asiento a la silla de ruedas, o al revés. Cuando la plaza está ocupada por quien no la necesita, ese espacio desaparece. Tampoco sirve de nada aparcar en una plaza normal, porque no deja sitio para la maniobra.

Más distancia, más tiempo y más esfuerzo

La consecuencia directa es que miles de niños con discapacidad en toda España tienen que recorrer distancias mucho mayores para llegar a clase. A veces lo hacen por aceras estrechas, con coches mal aparcados o por calles sin rebajes. Son trayectos más largos y más cansados, y a menudo les hacen llegar tarde. Ese perjuicio se suma a las dificultades que ya afrontan estos alumnos en su día a día.

El problema es aún mayor cuando quien tiene la movilidad reducida es el padre o la madre que conduce. En muchos casos, sin la plaza reservada no pueden bajar del vehículo con seguridad ni acompañar a sus hijos hasta la puerta. Se ven obligados a delegar esa tarea en abuelos, otros familiares o conocidos. Pierden así un momento cotidiano que cualquier otra familia da por hecho: dejar a su hijo en el colegio por sí mismos.

Falta de civismo a las puertas del colegio

Lo más llamativo es quién ocupa estas plazas: otros padres y madres que, en la mayoría de los casos, conocen perfectamente a las familias afectadas. «Muchos nos ven todos los días. Saben que mi hijo va en silla. Aun así siguen aparcando ahí», lamenta Alfonso. Con esta actitud, además, los niños aprenden con el ejemplo que las normas de convivencia se pueden saltar si se tiene prisa.

¿Cuál es la multa?

Estacionar en una plaza reservada para personas con movilidad reducida sin la tarjeta correspondiente es una infracción grave según la normativa de tráfico. Se sanciona con 200 euros, que se quedan en 100 euros con pronto pago. No supone retirada de puntos del carné. Las ordenanzas municipales pueden fijar cuantías propias, y en muchas ciudades las cantidades son superiores.

A la multa se suma la posibilidad de que la grúa retire el vehículo. En ese caso, el conductor tendrá que pagar también el arrastre y la estancia en el depósito, y la cuenta total puede superar con facilidad los 300 euros. Usar de forma fraudulenta una tarjeta de estacionamiento que no pertenece al conductor, o sin que su titular viaje en el coche, también está sancionado. Además, puede suponer la retirada de la tarjeta.

Las asociaciones y las familias afectadas reclaman más vigilancia policial en los horarios de entrada y salida de los centros escolares. También piden campañas de concienciación dirigidas a las propias comunidades educativas. Mientras tanto, la petición de Alfonso es sencilla: «No pido nada especial. Solo que dejen libre lo que ya es nuestro por derecho».