Aparcar cerca del portal, del centro de salud o del supermercado deja de ser una odisea cuando se dispone de la tarjeta de estacionamiento para personas con movilidad reducida. Sin embargo, este documento no se entrega por el simple hecho de tener reconocida una discapacidad: para obtenerlo hay que demostrar, mediante una valoración concreta, que caminar o desplazarse por la vía pública resulta especialmente complicado.
La clave está en dos conceptos que a menudo se confunden: el grado de discapacidad y el llamado grado de movilidad reducida. El primero mide de forma global el alcance de una limitación; el segundo se centra únicamente en la capacidad de la persona para andar y utilizar el transporte. Ambos aparecen reflejados en el mismo certificado, pero cumplen funciones distintas a la hora de acceder a esta y otras ayudas.
Qué es el grado de movilidad reducida y por qué importa
El grado de movilidad reducida es una puntuación independiente que acompaña al certificado de discapacidad. Se calcula en el momento de la valoración por parte del equipo técnico de los centros de atención a personas con discapacidad de cada comunidad autónoma, y su resultado determina si el solicitante tiene o no dificultades acreditadas para moverse de manera autónoma.
Este dato es determinante porque muchas administraciones exigen no solo un porcentaje mínimo de discapacidad, sino también que quede probada esa limitación específica para caminar. Dicho de otro modo, una persona puede tener un grado de discapacidad elevado por motivos que no afectan directamente a su movilidad y, aun así, no cumplir el requisito para la tarjeta de aparcamiento.
Cómo se realiza la valoración del baremo
Durante la cita presencial, el personal sanitario observa y puntúa distintas situaciones cotidianas relacionadas con el desplazamiento. Cada una de ellas recibe una calificación en función de la dificultad que presente el solicitante, y la suma de esas calificaciones ofrece un resultado que puede resultar decisivo.
Entre los aspectos que se analizan destacan la capacidad para andar en superficies planas, la habilidad para hacerlo cuando el terreno presenta irregularidades, la posibilidad de subir y bajar escaleras, la de salvar un desnivel de cierta altura y la de mantenerse de pie en un vehículo de transporte público en movimiento. También se tiene en cuenta si la persona necesita una silla de ruedas o algún tipo de apoyo permanente para desplazarse.
Requisitos para solicitar la tarjeta de aparcamiento
Con la valoración en la mano, quien quiera pedir la tarjeta debe reunir, con carácter general, un grado de discapacidad reconocido junto a la acreditación de movilidad reducida o graves dificultades para usar el transporte colectivo. La solicitud se tramita habitualmente en el ayuntamiento del municipio de residencia o a través de la sede electrónica correspondiente.
Además de las personas con dificultades severas para caminar, la normativa contempla otros supuestos, como quienes presentan una agudeza visual muy reducida. En todos los casos, la tarjeta es personal e intransferible y su uso indebido puede acarrear sanciones económicas para el titular.
Un documento que mejora la vida diaria
Más allá del trámite, esta tarjeta representa una herramienta de autonomía. Permite estacionar en las plazas reservadas señalizadas, aparcar durante el tiempo necesario en zonas limitadas y detenerse en lugares donde de otra forma no estaría permitido, siempre respetando las condiciones que fija cada ordenanza municipal.
Por eso conviene informarse bien antes de iniciar el proceso: conocer qué mide el baremo, preparar la documentación y acudir a la valoración con la información necesaria puede marcar la diferencia entre obtener o no un recurso que facilita enormemente el día a día de miles de personas.




