Teresa tiene 55 años y desde hace tres cuida a tiempo completo de su madre, Amparo, de 81, que tiene alzhéimer en fase moderada. Amparo ya no reconoce bien los lugares, se desorienta con facilidad y, tras varias caídas, se desplaza en silla de ruedas fuera de casa. Tiene reconocido un 85% de discapacidad y la movilidad reducida.
La tarjeta de estacionamiento de Amparo está a su nombre, pero es Teresa quien conduce. «Mucha gente me ha preguntado si puedo usarla para mis cosas, ya que soy yo la que lleva el coche. Y la respuesta es no», explica a Tododisca.
«Hasta mi vecina me lo propuso»
«Una vecina me dijo un día que, ya que tenía la tarjeta, la usara para aparcar cuando voy a trabajar al centro, que nadie iba a comprobar si mi madre iba dentro. Le contesté que entonces le estaría quitando la plaza a otra madre como la mía», relata Teresa.
Teresa reconoce que la tentación existe. «Hay días que voy con prisa, sin sitio, y la tarjeta está ahí en la guantera. Pero si la uso sin ella, estoy haciendo lo mismo que tanto critico», asegura.
Qué permite la tarjeta y qué no
La tarjeta de estacionamiento para personas con discapacidad es personal e intransferible. Puede utilizarla cualquier conductor, sea familiar o no, siempre que la persona titular viaje en el vehículo. Si la persona con discapacidad no va en el coche, la tarjeta no puede usarse.
Además de aparcar en las plazas reservadas, la tarjeta permite, según el Real Decreto 1056/2014, parar en cualquier lugar de la vía durante el tiempo imprescindible para que la persona suba o baje del vehículo, siempre que no se cause un perjuicio a peatones o al tráfico. Un uso fraudulento puede conllevar multas y la retirada de la tarjeta, como han advertido entidades como el CERMI.
«Mi madre ya ha perdido muchas cosas por esta enfermedad. No voy a hacer que pierda también su tarjeta por un mal uso mío», concluye Teresa.