Javier tiene 47 años y hasta hace cuatro trabajaba como electricista. Una insuficiencia cardiaca grave le obliga hoy a usar oxígeno portátil y a detenerse cada pocos metros para recuperar el aliento. Tiene reconocida la tarjeta de aparcamiento para personas con movilidad reducida y un grado de discapacidad del 68%. Sin embargo, asegura que usar una plaza reservada PMR se ha convertido para él en motivo de miradas y reproches. «Como camino, la gente piensa que estoy haciendo trampa», resume.
Según cuenta Javier a Tododisca, el episodio más duro lo vivió en el aparcamiento del mercado de su barrio. Había dejado el coche en la plaza reservada, con la tarjeta bien visible en el salpicadero, cuando otro conductor se le acercó.
«No parecía tener movilidad reducida»
«Me gritó que me daba vergüenza, que yo no parecía tener movilidad reducida y que esa plaza era para gente en silla de ruedas. Yo estaba en ese momento sacando la mochila del oxígeno del maletero», relata. «Le enseñé la tarjeta y aun así siguió diciéndome que seguro que era de mi madre».
Javier reconoce que la escena le dejó sin fuerzas. «Con mi corazón, una discusión así no es un mal rato, es un riesgo. Me tuve que sentar en el coche diez minutos antes de poder ir a comprar», explica.
La discapacidad que no se ve
No todas las personas con movilidad reducida usan silla de ruedas, muletas o andador. Enfermedades cardiacas, respiratorias o neurológicas pueden limitar gravemente la capacidad de caminar aunque a simple vista no se note. «Yo puedo andar cincuenta metros. Lo que no puedo es andar trescientos con la compra», aclara.
Por eso pide algo sencillo: «Si ves una tarjeta en el coche, da por hecho que alguien ha pasado un reconocimiento médico para tenerla. No te toca a ti decidir si estoy lo bastante enfermo».
Quién puede tener la tarjeta
La tarjeta de estacionamiento se concede a personas con un grado de discapacidad reconocido que, además, obtienen una valoración positiva en el baremo de movilidad reducida, entre otros supuestos. Es el órgano de valoración el que lo acredita, no el aspecto físico de la persona.
Quien sí puede ser sancionado es quien aparca sin tarjeta: el Reglamento General de Circulación lo considera una infracción grave, con multa de 200 euros (100 euros con pronto pago). «A mí nadie me pide perdón cuando ve el informe del cardiólogo. Ojalá nadie tuviera que enseñarlo», concluye Javier.