Teresa, vecina de Madrid de 85 años y con un grado II de dependencia reconocido, no pisa la calle por su propio pie desde el 28 de julio de 2025. Su edificio ya tiene ascensor —las obras acabaron en mayo de 2025—, pero el aparato continúa precintado a la espera de trámites administrativos, según el relato que la familia ha hecho público a través del diario AS. El bloqueo burocrático de un ascensor ya construido mantiene confinada en su piso a una mujer que necesita ayuda para todo, un problema que el CERMI cifra en torno a 100.000 personas en España.
Cabe recordar que el grado II de dependencia implica, por definición, necesidad de apoyo para varias actividades básicas de la vida diaria dos o tres veces al día. En el caso de Teresa, las escaleras del inmueble se han convertido en una frontera infranqueable: en los últimos doce meses solo ha salido para acudir a citas médicas y siempre con intervención de los servicios de emergencia, porque no puede bajar los peldaños de forma autónoma.
Un ascensor terminado hace más de un año y todavía sin estrenar
Las obras arrancaron en 2024 y quedaron listas en mayo de 2025. Desde entonces, el elevador no ha llegado a funcionar por la falta de documentación vinculada al proyecto de pocería, es decir, la parte de la actuación que afecta a la red de saneamiento del edificio y que exige la conformidad de la compañía del agua.
Según la explicación del Canal de Isabel II recogida en el reportaje, el retraso se debe a que la empresa contratada por la comunidad de propietarios no presentó correctamente los papeles exigidos, aunque en las últimas semanas se han registrado avances para cerrar el expediente. Es decir: la infraestructura está terminada y pagada, pero el permiso final sigue pendiente.
Mientras el trámite avanza, el día a día recae por completo sobre su hija Maite, de 54 años, que la levanta, la viste, la asea y la acuesta. Dentro de casa Teresa se mueve en silla de ruedas o con andador, y con este último puede tardar hasta media hora en recorrer el trayecto hasta el baño.
«Mi hija me asiste en todo, porque yo no tengo autonomía ninguna»
Una caída durante un traslado a hombros por las escaleras
La familia sostiene que la falta de ascensor ya ha tenido consecuencias físicas. En uno de los episodios más graves, Teresa tuvo que ser evacuada por los servicios de emergencia después de una caída y, durante el descenso por las escaleras, una de las técnicas de la ambulancia se cayó mientras la sujetaba, lo que provocó golpes y magulladuras a la anciana.
«Sentimos mucha frustración e impotencia porque el ascensor está ahí, pero seguimos sin poder usarlo», señala Maite.
El CERMI habla de «crimen social» y apunta a la Ley de Propiedad Horizontal
El caso ha devuelto al primer plano las barreras arquitectónicas que persisten en miles de bloques residenciales españoles. El presidente del CERMI, Luis Cayo Pérez Bueno, califica lo que ocurre como un «crimen social» y denuncia que miles de personas mayores y con discapacidad ven vulnerado su derecho a una vivienda accesible.
Para el comité, el nudo está en la Ley 49/1960, de Propiedad Horizontal, que condiciona las obras de accesibilidad al respaldo de la mayoría de los propietarios cuando su coste supera el equivalente a doce mensualidades de gastos comunes. Por debajo de ese umbral la comunidad está obligada; por encima, la decisión queda en manos de la junta.
Las peticiones que el CERMI pone sobre la mesa son tres:
- Eliminar el límite de las doce mensualidades, de modo que la obra sea obligatoria siempre que la solicite una persona con discapacidad reconocida o mayor de 70 años.
- Reforzar la financiación pública de estas actuaciones para que el coste no recaiga solo sobre los vecinos.
- Agilizar la gestión administrativa, para evitar casos como el de Teresa, con instalaciones acabadas e inutilizadas durante meses.
A pesar de ello, y mientras el expediente sigue su curso, Teresa continúa mirando el barrio desde la ventana. Tiene decidido qué hará el primer día que el ascensor se ponga en marcha: «Que me dé el aire y el sol». Después, dice, quiere volver a pasear y reencontrarse con la vida que lleva más de un año observando desde el otro lado del cristal.




