Inma Urteaga es profesora de Secundaria y madre de Úrsula, una adolescente de 16 años, que cumplirá 17 en diciembre, con un 93% de discapacidad y parálisis cerebral muy severa. Su hija estudia en el instituto público de Azkoitia (Gipuzkoa), el mismo centro en el que trabaja ella, y su madre califica su escolarización de «catastrófica».
«Ella va feliz a la escuela», reconoce Inma en declaraciones recogidas por Telecinco, «pero no le están enseñando nada». El principal problema, según explica, es la falta de continuidad del personal que la atiende.
Más de 30 profesores y 19 profesionales de atención directa
Úrsula comenta en una entrevista a Diario Vasco el pasado agosto, que no puede andar, hablar, usar las manos ni sentarse erguida, y se comunica mediante un comunicador ocular. En sus cuatro años de Secundaria ha pasado por más de 30 profesores y por 19 profesionales de atención directa. Solo en 1º de ESO tuvo siete profesionales diferentes. Este curso, en el que repite 3º de ESO, la atienden cuatro personas que, según su madre, «no la conocen de nada y así vuelta a empezar».
Los cambios vienen de lejos. Antes de cumplir seis años ya había tenido siete tutoras. En 4º de Primaria pasó de un centro concertado a la escuela pública vasca, y todavía hoy no tiene el título de Primaria. «Aún no tiene el título de Primaria porque no saben cómo evaluarla», lamenta Inma.
Un comunicador ocular que requiere formación y tiempo
La madre insiste en que el problema no es la falta de buena voluntad, sino la rotación constante. Manejar el sistema con el que se comunica su hija no es sencillo. «Saber cómo funciona requiere de formación y tiempo», explica, y lamenta que los profesionales «van de niño en niño sin poder detenerse a aprenderlo».
El resultado es que cada septiembre hay que empezar de cero y, «cuando llega junio ninguno de ellos ha llegado a conocerla». Inma tiene claro lo que pide: «Yo quisiera que le dieran los conocimientos básicos para entender el mundo, que no sea una ignorante».
«No solo no aprende en la escuela, sino que no socializa»
A la parte académica se suma la social. Según su madre, Úrsula «no tiene amigos de su edad» y «en el patio está sola». «No solo no aprende en la escuela, sino que no socializa», resume.
La familia intentó reducir el número de personas que la atienden pidiendo su entrada en el Programa de Diversificación Curricular, pero el Departamento de Educación la denegó. «Lo solicité en un intento desesperado por reducir el número de personas que pululan en torno a la niña», explica Inma, que considera que «la Administración no se lo pone fácil».
Educación inclusiva: un derecho reconocido
La Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, ratificada por España, reconoce en su artículo 24 el derecho a una educación inclusiva con los apoyos necesarios. Inma lo tiene presente: «No puede ser que se hable del derecho a la educación inclusiva sin poner a profesionales que puedan acompañar y enseñar de manera continuada y estable a estos chavales».
La madre advierte de que la falta de continuidad «arruina, sí o sí, las posibilidades de futuro de una niña» que «ya lo tenía muy complicado de partida». Y aunque reconoce que el de su hija «es un caso extremo», seguirá reclamando un cambio.
Las familias de personas con gran dependencia pueden informarse también sobre los apoyos disponibles fuera del ámbito escolar, como la prestación por cuidar a un familiar dependiente. En cualquier caso, ante problemas en la escolarización, lo recomendable es dirigirse por escrito a la dirección del centro y a la inspección educativa de la comunidad autónoma.